Muchos estarán todavía frotándose los ojos. Otros seguirán pensando que cómo es capaz de hacer lo que hace. Mientras la mayoría sigue disfrutando minuto a minuto de todo lo que puede ofrecer un jugador como Luka Doncic. El niño que ya no es tan niño está siendo el encargado de liderar la oleada de talento de las nuevas generaciones que se han presentado en sociedad en este Eurobasket, dejando claro que ha nacido para ser uno de los mejores jugadores del mundo sin lugar a dudas.

Desde muy temprana edad, Doncic expuso argumentos para creer que todo lo que hacía con 14 años podría trasladarlo al mundo profesional. Su dominio era evidente, jugaba contra niños como un hombre, era capaz de mandar en el campo y abarcaba muchos apartados del juego. Quemó etapas a una velocidad endiablada, fue capaz de domar una categoría tan complicada como la junior siendo cadete y todos los medios de comunicación no tardaron en hablar de la maravilla que se avecinaba.

No obstante, es evidente que aquel joven esloveno que deslumbró en la Minicopa y que tiranizó su paso por la Euroleague U18 no es el mismo jugador que ahora despunta en Europa. Su tiro ha mejorado muchísimo, ha moldeado su físico para poder competir contra hombres siendo todavía un chaval que no tiene ni pelos en el bigote, apenas tiene debilidades y ha seguido trabajando todas las herramientas del juego para poder ser un arma versátil para cualquier entrenador que tenga el placer de poder dirigirle.

Cierto es que Luka Doncic ha sido forjado como un David de Miguel Ángel moderno por un Real Madrid que le ha mimado y le ha llevado por el camino correcto, evitando que el chico despegara los pies del suelo y que creyese que lo tenía todo hecho. Y cierto es que el talento que tiene el esloveno es cuestión de un instinto e inteligencia natural que le ayuda a moverse sobre la pista con esa espontaneidad con la que parece que lleva jugando al baloncesto profesional desde ante de saber andar.

Sin embargo, si por algo se distingue el jugador balcánico es por un aspecto con el que se nace o no se nace. El instinto asesino que recorre sus venas es algo que no todos los jugadores tienen. Doncic sabe oler la sangre del rival como el más fiero de los tiburones, sabe cómo y cuándo actuar, entiende el tiempo y el espacio, elige la mejor opción para destrozar a su par sin ningún tipo de compasión y mantiene la templanza para tomar la responsabilidad de tener en sus manos el destino de su equipo.

Eso es lo que hace de un buen jugador, de un jugador completo capaz de hacer muchas cosas sobre la cancha en un genio. Ese olfato de killer es el torrente que canaliza todas sus habilidades y todo el talento que tiene en sus manos, en su cabeza, en su mirada.

Su cara de niño todavía puede llevar a muchos a pensar que no te puede ajusticiar, que bajo ese rostro aún infantil no deja de ser un chico de 18 años, pero las apariencias engañan. Cuando se trata de saltar a una pista esa cándida sonrisa se transforma para reventar partidos como un hombre para después volver a sonreír con un semblante más parecido al de un chaval que acaba de hacer una trastada que al de alguien que tiene sobre sus hombros toda la responsabilidad de un Madrid o de un país como Eslovenia.

Y su actuación ante Letonia no fue casualidad. Durante todo el Eurobasket ha ido destacando muchísimo en un equipo donde Goran Dragic es el capo, algo que ejemplifica la fuerza con la que está tirando puertas abajo. Fue clave en la histórica victoria de los balcánicos ante los bálticos y sigue dando pasos en su escalada hacia una cima del planeta basket donde le esperan con los brazos abiertos.

El chico de Ljubljana germinó para jugar al baloncesto, floreció para ser libre y para ser salvaje. El esloveno es un auténtico superdotado para el deporte de la canasta, un artista multidisciplinar de los que nacen una vez cada cincuenta o cien años.

Aquel niño que llegó al mundo en Eslovenia va camino de escribir una historia impresionante que podría llegar, en algún momento, a parecerse a la ficción, pero no, el talento y el instinto de Luka Doncic es tan real como la vida misma. Ha nacido.