¿Avanza el deporte al mismo paso que la sociedad? Esta pregunta no es tan sencilla de responder como pudiera parecer a primera vista. En primer lugar porque la definición de la «sociedad» y los valores que conforman la moral pública en un determinado momento cambian tanto en sus coordenadas temporales como geográficas. No es lo mismo la sociedad española que la estadounidense, por ejemplo en términos de aceptación de la homosexualidad donde orgullosamente somos líderes en el ránking , y tampoco lo es la sociedad del país de las barras y estrellas que existía hace siete años en comparación con la actual.

 

Tony Judt, en su clásico «Post-War», ilustraba el desarrollo del Estado de Bienestar de la Europa Occidental como modelo propio de las democracias liberales de las postimetrías de 1945 para convertirse en un faro de desarrollo frente al «Laissez-Faire» americano y el comunismo soviético. Pionero en derechos sociales y civiles, no podemos negar el inmenso atractivo de nuestro Estado de Bienestar frente a otras concepciones de la organización política y social…pero a la vez hemos de revisar críticamente nuestros defectos, y uno de ellos es que a veces no hemos logrado acompasar instituciones a los nuevos tiempos y a la aceptación de preferencias e identidades que en otros tiempos, desgraciadamente, habrían sido condenadas.

 

Y aquí nos referimos al deporte que nos interesa: el baloncesto. La NBA es la mejor liga del mundo tanto desde un aspecto puramente cualitativo como en lo propagandístico. Los jugadores más estelares del mundo se reúnen en sus dos Conferencias para intentar asaltar el trono en que actualmente se sientan los Warriors, y su espectáculo extiende sus tentáculos a lo largo y ancho del mundo en un despliegue que no podemos ni soñar aquí. Sin embargo su condición pionera y de líder no se detiene solamente en estos aspectos, sino también en su capacidad de, al menos en el plano institucional, plasmar las nuevas mentalidades de nuestro tiempo.

 

Sucedió con Jason Collins, primer jugador en activo en admitir su homosexualidad, que fue contratado por los Nets y recibió apoyo de todas las instancias de la liga frente a los comentarios homófobos que recibió…normalmente por parte de aficionados. Su ejemplo sirvió para que la mejor liga del mundo derribara, o al menos pateara, otra barrera y tomara el paso de un país que este año veía la legalización del matrimonio homosexual en todo el país merced a la sentencia de la Corte Suprema (insertar aquí).

 

Pero esta vez se ha dado un paso más allá. Un paso relevante porque supone poner el foco en otro de los problemas acuciantes no solo de la sociedad americana, a la que a veces tendemos a ridiculizar en aras de ese «Estado de Bienestar Europeo» del que nos enorgullecemos, sino de todo el globo como es la invisibilización de la mujer. Ayer nos levantábamos con otro posible caso de violencia de género que culminaba en homicidio, asistimos a la infrarrepresentación de la mujer en los consejos administrativos de las principales empresas pese a que, por ejemplo, sus resultados académicos parecen sensiblemente mejores que los nuestros y, en general, mantenemos una concepción de la sociedad patriarcal en la cual conductas machistas siguen siendo vistas como aceptables socialmente, lo cual provoca que muchas veces las repitamos inconscientemente.

 

Esta grave problemática, que ha inspirado la idea de un «Techo de cristal» que las mujeres difícilmente pueden superar para equipararse en cuanto a oportunidades y resultados al hombre, ha llevado a que en ocasiones se obligue a las mujeres a «masculinizarse» para poder tener éxito en su carrera, o a que, simple y llanamente, se las relegue al segundo plano por considerar que hay cosas que solo puede hacer uno de los dos sexos. Y el baloncesto, como institución social que es, no podía permanecer ajeno a este fenómeno, asistiendo a la invisibilización del deporte femenino así como a la ausencia de mujeres en los banquillos de las Ligas profesionales. No ocurre lo mismo, cierto es, en el arbitraje, donde Violet Palmer fue pionera, pero aún así la infrarrepresentación existe.

 

Por ello el paso dado por los Spurs, y ahora los Kings, solo puede calificarse de positivo. Popovich quiso contar con Becky Hammon, ex jugadora de la WNBA y múltiples veces All-Star, como parte de su equipo técnico y, mejor aún, arguyó que no se debía a que quisiesen propaganda o a una mera rareza, sino que verdaderamente valoraba las capacidades de Hammon, con una frase tan certera como «puede ejecutar un pick&roll tan bien como Tony Parker».  Un comentario tan simple como acertado y un paso hacia la normalización de la presencia de mujeres en los banquillos de la NBA.

 

Porque las diferencias físicas entre hombres y mujeres, es de perogrullo, existen, pero nada justifica que una mujer no pueda entrenar a un equipo, ya sea en la NBA, en la Liga Endesa o en el baloncesto base. Hammon, además, logró llevar a los Spurs al triunfo en el torneo de verano de Las Vegas sin mayor problema, y su ejemplo ha servido para que los Kings se decanten por Nancy  Lieberman como entrenadora asistente. ¿Darán el salto a «Head Coach» algún día? A mi juicio es muy probable que si no es una de ellas pronto otra mujer lo haga.

 

La mayor dificultad probablemente venga no de la Liga como institución, que como mencionábamos antes se ha mostrado pionera en materia social muy a menudo, sino de la aceptación por parte de aficionados y jugadores de un hecho que puede chocar a algunos. Sea como fuere esas barreras, propias de mentalidades de otro tiempo, han de seguir siendo derribadas, y el ejemplo de Becky Hammon en los Spurs es un referente perfecto para las que quieran seguir su camino y un directo a la mandíbula de los que ponen en duda su competencia por su sexo. Tiempo de (buenos) cambios.

 

 

Foto: Becky Hammon (Spurs)