La historia del baloncesto parece no tener fin.

Una muestra más de ello ha sido el espectacular arranque de temporada de Golden State Warriors, los cuales han pulverizado la anterior marca para establecer un 24-0 que se augura imperecedero.

Los hombres de Steve Kerr (y Luke Walton) han destrozado récords y ganado el anillo perfeccionando y maximizando el small ball, con movimientos automatizados, velocidades desorbitadas y dominando desde la distancia.

Y es que los de la bahía de San Francisco no sólo están reescribiendo la historia del baloncesto, lo están reinventando.

Para ello, cuentan con los Splash Brothers. Stephen Curry, jugador mágico e irrepetible, talento angelical llevado al límite a base de ensayo y trabajo, y Klay Thompson, francotirador insaciable, protagonista de vertiginosas rachas de tiro. Ellos son los protagonistas de la evolución y consolidación de este juego de ensueño, en el cual los pequeños se están apoderando de un mundo de gigantes.

Pero como todo equipo campeón, los Warriors también tienen un big three: un trio de jugadores clave que se reparten la presión y el protagonismo para abrir focos de anotación imposibles de cerrar. En estos Warriors, el tercero en concordia es el sorprendente Draymond Green.

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Y digo sorprendente porqué a pesar de su exitosa carrera universitaria (16 puntos, 10 rebotes y 4 asistencias de media en su último año en Michigan State), Draymond se encontró que su baja estatura y su excesivo peso le relegaron a la segunda ronda del Draft por miedo a ser el nuevo Michael Sweetney. En aquella trigésimo quinta posición, le encontraron unos Warriors que ya se habían hecho con Barnes y Ezeli, y no dudaron.

Estuvo dos años dando descanso al mejor David Lee, y luego, casi de la nada, asaltó la titularidad. Con un cambio físico intenso y una inteligencia innata para el baloncesto, Green entendió el baloncesto que Kerr les proponía y este confió en lo que Draymond podía ofrecer, dándole un puesto en su quinteto y convirtiéndole en el robo del Draft de 2012.

Green se ha transformado en un jugador completo, que puede tirar de fuera y jugar a dentro, que puede rebotear con fuerza y correr con velocidad, que puede botar de un lado a otro y pasar para buscar a sus compañeros, que puede defender su aro o comerse el del rival. Esta polivalencia, esta intensidad y este entendimiento del baloncesto, le convierten en la piedra angular de los Warriors, coleccionando triples-dobles por doquier, igualando números de leyendas y superando hitos de los sesenta.

Porqué entre el talento y el instinto glacial de Curry y Thompson, destaca un carácter salvaje e indomable, un ser terrenal que ata estas dos almas puras y perfectas a sus cuerpos de mago blanco.

Sense títol

Green es la fuerza entre movimientos delicados, es la potencia entre desplazamientos gráciles y es el rumor del campo de batalla entre asesinos sigilosos; pero Green también es la calma antes de la tormenta, el orden que preexiste al frenesí.

Porqué en él nace el juego de los Warriors.

De su habilidad para capturar el rebote y cruzar la cancha de un extremo al otro como si fuese el Golden Gate, vive el baloncesto más rápido del mundo. Con Green exprimiendo velocidad en el bote cual Magic, Nash o Rondo, los de San Francisco son capaces de explotar esos segundos de desconcierto que preceden a una defensa ordenada, encontrando las puertas abiertas y los caminos hacia el aro. Con esos segundos en los que otro pívot buscaría el base, él les libera de la dirección para poner la semilla de otro vertiginoso ataque, sembrando confusión en la defensa rival.

Photo by Ezra Shaw/Getty Images

Puede que los Warriors repitan anillo y que sigan batiendo records, o puede que no. Pero lo que sí que es seguro es que han comprendido su identidad y han alcanzado un entendimiento místico del baloncesto que quieren predicar. Con un genio sin precedentes y un asesino efervescente, han encontrado un hombre que construya y gobierne a partir de esta fascinante anarquía.

Green es el creador y el destructor del caos.

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