Suena la bocina del Carioca 1 y la alegría inunda los rostros de cada jugador y miembro del cuerpo técnico de la selección española de baloncesto. En las gradas, un pequeño reducto de aficionados españoles termina por acallar a cada una de las laringes galas que se habían dado cabida en el recinto brasileño. La paliza es histórica, un repaso tan severo como definitivo, habíamos jubilado a varios héroes franceses, entre ellos a Tony Parker, el Charles de Gaulle del baloncesto francófono. Un tipo que ha liderado la resistencia del baloncesto europeo durante más de una década, con más sombras que luces, y que ayer sufrió la última gran derrota en su carrera con la zamarra nacional. ¿El causante? Los de siempre, los sospechosos habituales. Nosotros, España.

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Si algo le gusta hacer a esta generación, es ejercer el noble oficio del funanbulismo. Es decir, caminar sobre el alambre hasta que el hilo de latón se acaba y sólo se ve un profundo y oscuro abismo. Volvieron a asomarse al vacío y vieron cientos de almas rencorosas y vengativas esperando con ansia su caída, para poner fin a una generación dorada y ejemplar. Rivales, aficionados y periodistas, un sinfín de enemigos a los que este grupo tenía que volver a superar una vez más.

La aventura por Río no comenzó de forma idílica precisamente. Tras dominar durante más de tres cuartos el choque inicial contra Croacia, España dejó escapar una renta de 14 puntos para acabar viendo como Saric colocaba un brutal tapón a Gasol, que nos dejaba con cara de sorpresa y la primera derrota en nuestro casillero. Después vino Brasil, que ustedes me perdonarán, pero tienen menos talento que un servidor tirando de tres. Físico, ganas y ese plus que a veces puede dar ser local. Pero el problema no fue nunca Brasil, fue siempre España. Partido aciago, horripilante y con el final que merecía, trágico. Tras coquetear con una igualdad agónica, un palmeo a pocos segundos del final dilapidaba a los chicos de Scariolo. Llull intentaba vestirse de superhéroe, pero el traje se le quedaba pillado con el pomo de la puerta. Un drama de Lorca.

Dos derrotas en dos partidos disputados. La situación era casi tan alarmante como la crisis de los misiles cubanos en 1962,  se avecinaban unos días de larga agonía esperando el siguiente partido y entre medias, haciendo cábalas. Llegaba Nigeria, sobre el papel el rival más fácil del grupo. Pues eso, sólo sobre el papel. A pesar de presentar más bajas que el equipo de Ernesto Alterio en ‘Días de fútbol’, los africanos pusieron muy complicado el primer partido a vida o muerte para la selección en Río. Tras más pena que gloria, España sacaba el partido adelante con el mono de trabajo puesto, y prácticamente negro del barro que había tenido que mover.

Con todavía más derrotas que victorias en su poder, España afrontaba dos finales más aún. Lituania y Argentina debían ser derrotadas si se quería seguir soñando con un metal en esta última. Y entonces, el espíritu de éste equipo campeón de todo despertó de su letargo. Dos palizas seguidas ponían a España segunda de grupo, obligando a jugarse las habas con Francia en cuartos, y USA en semifinales. Y a eso que fueron.

El odio es un motor tan potente como la ilusión o la juventud. El odio deportivo y el recelo personal que se tenía a la selección gala, y viceversa, hacían  creer que el duelo de ayer sería una batalla memorable, resuelta en los últimos instantes, como la conquista española del pasado verano. No nos engañemos, así se disfruta más.

Pero España salió con el cuchillo entre los dientes, pelando cada balón en ambos lados del parqué y empezaba muy pronto a dejar el partido encarrilado. Del +13 al descanso, se pasó casi a un +30 en pleno tercer cuarto. Una locura. La selección hacía de un partido clave un amistoso de preparación, esos que cada verano nos saltamos a la torera, haciendo de la pesada ruta Ñ un sufrimiento sin paliativos.  92 a 67, así de clara era la sentencia de una generación que enterraba a otra. ¿Queridos enemigos? No, odiado enemigo.

Lo celebré con rabia, sí. Como es lógico, pero mi mente al momento empezó a poner como un PowerPoint la cara de cada uno de los integrantes del USA team, rivales del viernes (20.30 horas) en la lucha por el oro. Otra vez ellos. Los fantasmas del 84′, 08′ y 12′ volvían a mi cabeza. El 10-0 a favor de Estados Unidos contra España en partidos de Juegos Olímpicos pesa mucho, sí. Pero que le pregunten a Krzyzewski que opina del cruce. Todavía tiene pesadillas con las finales de 2008 y 2012, donde su cabeza estuvo a punto de ser pedida por las altas esferas del baloncesto estadounidense si se hubiera consumado la machada. El peor equipo americano de la década (aunque candidatos al oro como primera, segunda y tercera opción), con un roster con más jugadores mediocres dentro de la NBA que talentos indiscutibles como los dos anteriores Juegos Olímpicos. Una defensa que deja opciones de ser atacada, un ritmo asequible de bajar para dominar el tempo de las posesiones, y una España que va con las ganas de un adolescente al baile de fin de curso.

Cuando parecía que esta generación tendría un final impropio para sus hazañas pasadas, como el final de Cinema Paradiso, una cinta maravillosa que acaba algo triste, de repente la historia se presenta en nuestras vidas. Nos cita una vez más, a un último baile. Nos propone una samba, por no desentonar con la parafernalia brasileña, pero le solicitamos un tango, se nos da mejor y de paso, honramos la memoria de otra generación legendaria que anoche vivió sus últimos momentos, Argentina. Rival y hermana.

Acepta. Ya no hay vuelta atrás. Entre lo sueños y la gloria, sólo se interpone una cosa, el último tango en Río. Gracias y buena suerte.