La ACB es una chapuza. Aquella competición que con tanto orgullo y visión de futuro se inició a mediados de la década de los 80 es ahora un juguete roto cuya reparación parece un jeroglífico sin solución. Equipos que no bajan o que no suben, poca difusión de marca, aficionados que se hartan por el poco interés que genera la liga o clubes que deben dinero a jugadores son algunos de los problemas que han acabado en convertirse en una enfermedad difícil de extirpar.

Todo esto deja ver un camino en el que la muerte acecha de cerca, dejando como primer aviso claro una pataleta infantil y desmesurada de Madrid, Barça, Baskonia y Unicaja en la última reunión de la liga en Barcelona. Los cuatro representantes españoles en Euroleague quieren acomodar la ACB a sus intereses y a sus necesidades porque disputar la competición de Bertomeu les desgasta mucho más con el nuevo formato que entró en vigor esta temporada.

Y es comprensible, de verdad; se entiende que estos equipos prefieran una ACB más corta que les haga menos pesada la temporada y que pueda evitarles problemas de lesiones sobre jugadores con unos contratos muy elevados, pero la forma de exponer sus argumentos no es la más adecuada. La amenaza con salirse de la liga es sólo una manera de presionar y una forma de enseñarle a todos los demás participantes que el poder les pertenece.

Los cuatro clubes de Euroleague se reparten la mayor parte del pastel de lo que es la ACB y saben que sin ellos la cuantía recibida de los patrocinadores y las televisiones sería mucho menor de la que es hoy en día. Juegan con esa ventaja y la ponen de manifiesto cuando empiezan a utilizar una forma autoritaria para salirse con la suya, como si fueran los reyes del mambo por el simple y elitista hecho de ser más importantes y más ricos.

En cierto modo, aunque las formas sean clasistas, no dejan de tener cierta razón. La ACB tiene que reducir sus equipos y cambiar su formato si quiere seguir sobreviviendo al lado de la Euroleague y de las Ventanas FIBA, creando, además, unos estatutos bien definidos sobre ascensos, descensos y sobre aquellos clubes que no estén al corriente de pago tanto con los jugadores como con las administraciones públicas. En definitiva, una liga justa y que, seguramente, ganaría tanto en poder económico como competitivo.

Evidentemente, esa competición ecuánime podría darse si todos los equipos ponen un poco de su parte y son justos tanto consigo mismos como con los demás. Para poder salvar la ACB hace falta más honradez y menos victimismo