El tiempo es ese ser despreciable e inexorable que convierte en efímero todo lo que nos rodea. A lo largo de la historia, muchos han sido los hombres que han intentado detener el tiempo. Esa capacidad para guardar para siempre un momento determinado se puede conseguir a través de la fotografía o el vídeo, pero en ninguno de los dos casos se consigue experimentar la misma sensación que se siente cuando se está ahí, disfrutando y viviendo en primera persona un recuerdo que no se quiere olvidar jamás. Es una cuestión de vida y una razón de ser.

La realidad deja bien claro que el tiempo no se puede tener, aunque eso nunca le ha importado demasiado a un Vassilis Spanoulis acostumbrado a jugar co las leyes de la física. El griego nunca ha temido al meneo de las agujas del reloj, siempre ha sido una bestia a la hora de manejar esos últimos instantes en los que a muchos se le nubla la vista. Ese don de killer, ese instinto asesino de mirada perdida ha conseguido que muchos de los que han intentado frenarle tengan que seguir coleccionando posters en los que Kill Bill les hace trizas.

Quizás por eso, cuando su equipo le necesita Spanoulis hace parecer que el tiempo se detiene por un instante, como si congelase por un momento todo lo que tiene a su alrededor con la misma naturalidad con la que cualquier ser humano abre una lata de refresco. Lo cierto es que el Demonio de Larissa no vuela, pero hace parecer que levita cuando está en ese preciso momento en el que toma una decisión para llevar a los suyos hacia la victoria.

Después de muchos años desplegando su indolencia sobre las pistas europeas, todavía no hay antídoto que pueda acabar con él por completo y el CSKA es ejemplo de ello. Y es que más de cuarenta millones de presupuesto han chocado contra el mismo muro de grandiosidad y genialidad que ha sido su azote durante los últimos cinco años.

Y, otra vez, detuvo el tiempo

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Cuando la nave moscovita se iba con todo a por el Olympiacos, Spanoulis sacó todo su arsenal para manejar cada segundo del reloj a su antojo hasta el punto de hacer sonrojar a cualquiera de los defensores que le pusiesen por delante. Vassilis guardó el tiempo de partido en un frasco y ahí se quedó, bajo su protección hasta que la bocina sonó.

El hambre por ganar y por tocar con sus dedos la gloria es una cuestión que le acompañan desde el inicio de su carrera, y no tiene pinta de querer abandonarle.