Nikos Galis nació en New Jersey y hasta la veintena fue el típico hijo de emigrante; con raíces griegas sí, pero totalmente americano, pelo a lo afro incluido, de ahí que su nombre se convirtiese entonces en Nick Galis (sí, con una sola ele). Criado en los playgrounds neoyorkinos, admirador de Walt Frazier, rey de la Gran Manzana en aquellos años 70, acude a la Universidad de Seton Hall, cerca de casa, donde, pese a su 1,81, destaca sobremanera: tercer máximo anotador de la NCAA, por detrás de Lawrence Butler, alero de Idaho State, elegido por Chicago Bulls en el draft pero que nunca llegó a debutar en la NBA y Larry Bird, del que no vamos a decir nada más.

Criado en los playgrounds de New Jersey, su gran ídolo era Walt Frazier

Cosas del destino (un destino que como veremos le fue esquivo en muchas ocasiones), su agente no se mueve bien los días antes del draft y cae al puesto 68. Una lesión en el training camp de los Celtics le aleja definitivamente de los focos de la mejor liga del mundo. Panathinaikos y Olympiakos se interesan por sus servicios, pero Nick es reacio a abandonar a su familia, a “su país” y al sueño de la NBA. Pero aparece en escena el Aris, quien agasaja a sus padres y, por 2 millones de dracmas, realiza un fichaje que cambiaría para siempre el baloncesto griego. Salónica se convertiría en su capital y Galis, ya Nikos, en el “padre” de un deporte prácticamente desconocido en el país, donde ya empezaba a hacer ruido un jovenzuelo llamado Panayiotis Yiannakis, que había llevado en 1979 a la selección a ganar el Oro en los Juegos Mediterráneos ante Yugoslavia en Split. No tardarían en medirse el uno contra el otro antes de juntar sus caminos. En 1981, en un Aris-Ionikos, Nikos Galis anotaba 62 puntos…por 73 de Yiannakis.

Sería en 1983 cuando Galis empiece a situar a la selección griega en el mapa del basket europeo. En el Eurobasket de Nantes supera los 30 puntos de media, aunque la selección griega acaba penúltima en el torneo. Empezaría a cruzarse en su camino una “bestia negra” llamada España, quien supera los griegos 100-79.

Fue aquella una de las primeras veces que España supo de aquel anotador griego. Físicamente muy poderoso, dotado de unas piernas como pocas veces se habían visto en Europa, sacaba mucha ventaja de su poderío físico pese a su escasa estatura. Sin ser un lanzador exterior muy fiable, era prácticamente imparable en el primer paso, dejando así al defensor detrás y un espectáculo en las penetraciones, donde aguantaba perfectamente el choque contra los pívots y se mostraba absolutamente genial en los rectificados. Esa acción, junto a sus reversos y dobles reversos para sacar una suspensión muy alta a 4 o 5 metros del aro le convirtieron en un anotador impenitente, prácticamente indefendible. No era raro verle ir más de 10 veces por partido a la línea de tiros libres, pues solo con faltas eran capaces de detenerle sus defensores. Con las estadísticas de hoy en día, su “porcentaje de uso” en ataque alcanzaría porcentajes escandalosos, pues absorbía muchísimo juego y el balón permanecía en su poder gran parte del ataque. Tan solo al final de su carrera pudimos ver que Galis también era capaz de compartir el balón y dar buenas asistencias.

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