El éxito pasa por muchos estadíos. El camino a la gloria altera el pensamiento, y el objetivo final nubla la vista. No siempre es así, pero en el baloncesto de más alto nivel la realidad no supera a la ficción. Todo profesional tiene un sueño, ganar. El camino hasta entonces puede ser muy variable, pero el final siempre termina estrechándose hasta poder alcanzarlo. No importa como lo hagas, más en una época en donde la reunión de estrellas en los mismos equipos está a la orden del día. Quizás esa ha sido la gran pérdida con respecto al baloncesto de los 80-90, pero la realidad es nadie se acuerda de los que no ganan. Ya con títulos en las vitrinas, el objetivo es bien distinto. Kyrie Irving es el gran exponente. Ya ha conseguido su sueño, por el que luchó desde pequeño, el anillo, y ahora las prioridades se convierten en otras.

Sorprende, vaya si sorprende. En una época de reuniones, Kyrie quiere volar casi solo. Y digo casi porque el atrevimiento a solicitar el traspaso para no ser el eterno segundo espada se vuelve más sencillo cuando ya tienes el oro en tu dedo. Pero no me entendáis mal, eso no quita ni un ápice de mérito al atrevimiento de un jugador que quiere ser algo más que un ganador de la NBA, quiere dejar su impronta en la liga y su nombre en los libros de historia.

Y creedme, eso en esta época del «otro» baloncesto se agradece, muchísimo. Decenas eran los equipos interesados, muchos los anhelados por el jugador, pero la realidad es el negocio, y nadie podía dar lo que Boston Celtics y Danny Ainge han dado. Muchos serán los análisis de la situación de la conferencia este a partir de ahora, del nuevo equipo de Irving, de unos Cavs que reciben mucho (porque lo hacen), pero a pesar de todo, el foco central y las sonrisas se avistan desde el otro lado del país. Concretamente a 4900 km desde el Garden y 3960 desde el impresionante The Q.

Kyrie Irving | NBA.com

La NBA se ha desbalanceado. Lo vimos la pasada temporada con la aparición de otro blockbuster, como le gusta llamarlo a los yanquies. Durant aterrizó en Oakland en el camino contrario a lo ahora hecho por Irving, para ganar, y el libre mercado se convirtió en un monopolio en la siempre competitiva conferencia oeste. La alternativa se pasaba de bando claramente como diferencia a otras temporadas, y Cleveland era el gran dominador del otro baloncesto. Un choque de trenes que terminó con la superioridad de los actuales campeones, que se frotaban las manos ante el potencial de un equipo joven con todo el futuro del mundo para seguir agrandando su historia como equipo histórico.

El traspaso entre Cavs y Celtics es un win-win de manual para ambos, pero un una derrota muy grande del Este frente a los Warriors. Cleveland pierde la opción de convertirse en alternativa al dominio amarillo en unas finales, y Boston gana talento pero sin llegar a ser suficiente para plantar cara al asedio de una bahía que llega todavía con mejor plantilla y equilibrio con respecto a la maquinaria perfecta de la pasada temporada. La magia de Irving y Hayward dejará un recuerdo imborrable en una temporada que volverá a poner en lo más alto a los verdes, con talentos como Brown o Tatum en la recámara. Un baloncesto bonito, con un técnico sobresaliente en el banquillo y con una cantidad de assets y variables en las alas como pocos equipos pueden ofrecer.

En Ohio el Rey seguirá reinando, quien sabe si más de una temporada, pero con él a los mandos todo es más sencillo. Con el 23 siempre sabes que no hay reconstrucción posible, solo ganar y esperar si su irrefrenable hambre puede hacer el resto a la hora de la verdad. No hay nadie como él, pero James no es tonto, y sabe que los recursos se agotan, especialmente cuando la edad empieza a incidir fuertemente en tu rendimiento físico, no olvidemos que seguimos hablando de cerca de 100 partidos.

Irving era su descanso, y sin el Cleveland deberá buscar en Thomas al otro gran pilar. El ex-huskie está ante su oportunidad de brillar ante el mundo, demostrar que su status de superestrella obtenido el año pasado no era algo situacional. Y lo debe hacer en un escenario que no es propicio para él. Un equipo en el que la defensa es vital y en donde sus condiciones se explotan precisamente en el otro lado. Aunque siempre tendrá a su inseparable Crowder para cubrirle.

¿Y ahora, quién les para?

Las cabalas son muchas, las posibilidades de ambas plantillas también. Pero mientras Stevens y Lue se comen la sesera para cohesionar piezas y estilos, los Warriors preparan una temporada en lo que todo está llamado a ir como la seda. Mismas estrellas, mismo núcleo y llegadas con rol definido que no cambian en absoluto el sistema de juego de un equipo que lo único que necesita es ir cogiendo picos de forma para el momento de la verdad. Los 82 partidos se antojan cortos para las alternativas, mientras los de Oakland solo tienen que dejar que el tiempo transcurra para hacerse más y más fuertes.

Su dominio se agranda, las sonrisas se atisban, y el monopolio apunta a ser todavía más grande. La labor del Oeste por volver a ser un jungla con la llegada de George a Oklahoma y Paul a Houston parecía ser el otro gran apunte a romper la monotonía, pero bien era cierto que la única esperanza real en un año sin demasiadas sorpresas se encontraba al otro lado de la grande USA. Aficionados de Boston se alegraban anoche con la llegada de su nueva estrella, otros en Ohio soñaban con que Thomas enamoraría a The Q igual o más que el ex jugador de Duke, pero los neutrales veíamos como la competencia en el este no hacía más que seguir desbalanceando una NBA que necesita un atractivo real más allá del intercambio de superestrellas.

Business is business y los Golden State Warriors caminan rectos a lograr su tercer anillo en cuatro años. ¿Cuantos más podrían ser?