Suena una sinfonía bien marcada y bien llevada por su director. Nota arriba, nota abajo. Primero suave, después más potente. Es una canción que engancha y que hace disfrutar, siendo clave en la partitura un solo de violín que comienza con un fino roce de cuerdas que acaba con toda la agresividad del mundo, tocando con los dedos los sentimientos y la fibra más sensible del ser humano en un torrente de sensaciones.

Goran Dragic es música. Es un violinista que se divierte escuchando el heavy metal. Disfruta tanto vestido con un traje elegante que los rivales no son capaces de ver que, debajo de esa fachada, hay un asesino sediento de sangre que sólo busca salirse del guion. El esloveno juega como si llevara una doble vida; a veces se comporta como un aristócrata y otras es un matón a sueldo deportivamente hablando.

En su puesta en escena en el Eurobasket lo demostró. No le hacen falta grandes alardes para dejar claro que es uno de los mejores jugadores del torneo, liderando a una Eslovenia que no tiene el potencial de otras ocasiones. Lo sabe, sabe que su selección le necesita y aparece para que los focos le señalen directamente. Dirige con el violín en la mano y martillea la canasta con todo el rock&roll que hay en sus venas.

Lo sufrió Polonia y lo padeció una Finlandia a la que ni su público fue capaz de proteger a este torbellino llamado Goran Dragic. Es esa motivación de saberse el referente único, de entender que el combinado esloveno llegará hasta donde sus piernas sean capaces de llegar es lo que le mueve en este torneo, en su último torneo.

Después de este Eurobasket dirá adiós. Se apagará la luz y le entregará el testigo a un Luka Doncic que intentará absorber todos los conocimientos que su maestro pueda mostrarle hasta el final del torneo. Dragic ha sido y es el referente del baloncesto en Eslovenia y cada partido que pasa es un partido menos para su despedida.

Los 59 puntos y 9 asistencias que acumula en los dos encuentros que ha disputado en este Eurobasket son otra muestra de que la aptitud del esloveno no es casualidad. Es líder natural, capitán por derecho y hombre bandera que quiere despedirse a lo grande. Goran Dragic nos está regalando sus últimos compases vistiendo los colores de su país y hay que disfrutarlo porque, cuando ya no esté, se echarán de menos esa mezcla de estilos musicales que es capaz de desplegar sobre una cancha.