Caradura y descarado. Desvergonzado e insolente. No hace falta ser muy inteligente para entender que Juancho Hernangómez no es un jugador al uso y mucho menos para comprender que no es una persona cualquiera. El mediano de los Hernangómez (no nos olvidemos de Andrea) no se mueve por un guion preestablecido y tampoco por la repetición de un movimiento masticado hasta la saciedad.

Cierto es que detrás de todo lo que Juancho está desplegando en este Eurobasket es una muestra del trabajo duro en la cancha y de horas muertas en el gimnasio con la música que sale de sus cascos como única compañera, pero lo que verdaderamente le convierte en un jugador especial es esa chispita que recorre y se apodera de su cuerpo cada vez que sus zapatillas rechinan sobre cualquier parquet.

La intensidad y el hambre que tiene en su interior le convierten en alguien con un instinto especial para exprimir sus armas en el fragor de la batalla. Ese derroche en lo bélico, esa capacidad para disfrutar en el barro le han ayudado en su adaptación a los Nuggets y en una Selección Española en la que ha caído de pie. Su sonrisa en el combate le delata; se regocija cada vez que tiene que tirar de corazón.

Más allá de todas sus cualidades, más allá de su capacidad para disfrazarse de alero y ala-pívot según le convenga, Juancho es alguien que hace del movimiento constante una virtud que utiliza especialmente bien. Muchos jugadores no dejan de desplazarse durante los encuentros, aunque no todos tienen el olfato para maximizar de forma inteligente cada paso en favor del equipo y de sí mismo sin hacer esfuerzos en vano.

La sangre le hierve a una temperatura muy alta y eso ha terminado por convertirle en una persona inmune al miedo. Prueba de ello es su enorme valentía a la hora de buscar el aro ya sea para reventarlo con un mate o para capturar un rebote rodeado de defensas. Ese pundonor y ese carácter es su trampolín, una armadura de titanio que protege la calidad de la que está formado el madrileño.

El corazón le late deprisa y le impide llevar una vida terrenal. No es cuestión de querer, es algo que va intrínseco en su personalidad. Hernangómez va camino de forjar una carrera brillante que está empezando a despuntar con un paso lo suficientemente firme como para no perder la perspectiva de lo que le rodea y lo que le pasa, tomándose con mucha naturalidad cada prueba que se le pone por delante.

El ex del Estudiantes llegó al Eurobasket como un secundario y se está convirtiendo en pieza clave saliendo desde el banco para aportar un soplo de aire fresco contundente. Es la pastilla efervescente de este combinado nacional que dirige Sergio Scariolo y un dolor de cabeza para cualquiera que lo tenga delante. Y aunque todavía es pronto para pedirle responsabilidades, Juancho no ha esperado a tener galones para darle una patada a la puerta del inconformismo en un grupo cargado de talento.

“Por muy lejos que el espíritu vaya, nunca irá más lejos que el corazón”, dijo una vez el filósofo chino Confucio y Juancho Hernangómez es la viva prueba de ello.