De las críticas por una cantidad de selecciones con un nivel insuficiente en la primera fase al éxtasis de una final histórica que culminó Eslovenia, un país con dos millones de habitantes que estuvo enganchada al baloncesto (90% de share en la final -TV de allí-) y desplazó hasta 6.000 personas a Turquía.

De la decepción de Francia a la irrupción de Letonia. Del flojo torneo de Rice a la grata sorpresa de Markkanen. Del adiós de Navarro a la bienvenida -por la puerta grande- de Doncic. Del frío ambiente en la mayoría de partidos a la envidiable pasión de los aficionados islandeses.

El Eurobasket 2017 ya es historia. Y a título personal creo que nos ha regalado una segunda fase realmente entretenida. Eslovenia, merecida campeona, ha rozado la perfección en tres partidos seguidos: ante Letonia en cuartos, ante España en semifinales y ante Serbia en la gran final.

Los de Kokoskov -qué campeonato se ha marcado en el banquillo- dominaron todos los registros. Ante Letonia fueron capaces de aguantar el tipo en el toma y daca que propusieron los bálticos. Ante los de Scariolo cortocircuitaron el juego interior español. Y ante Serbia supieron sobreponerse a las bajas de Doncic y Dragic en los últimos minutos para hacer valer la afirmación esa de que “un jugador gana partidos, un equipo campeonatos”. No se entiende este hito de Eslovenia sin la colaboración de Prepelic, Vidmar, Muric… Un señor equipo.

Pero el Eurobasket ha sido mucho más. España ha sumado otra medalla de bronce -la sexta consecutiva y la novena en los últimos diez campeonatos continentales-, Gasol se ha convertido en el máximo anotador de la historia de los Eurobaskets y Navarro ha dejado la selección en lo más alto -aunque a nivel individual haya estado más que discreto en la fase final-.

Serbia, que llegó a la cita con muchas bajas notorias, volvió a quedarse a las puertas del éxito. Subcampeona del mundo, subcampeona olímpica y ahora subcampeona de Europa. Djordjevic sigue haciendo historia, pero se le resiste la gloria. Llegará algún día, seguro.

Letonia es posiblemente la selección que más atracción ha causado en este torneo -junto a Eslovenia-. Un bloque joven, tremendamente competitivo y con un estilo de juego más propio de la NBA que de lo que normalmente vemos en Europa. Porzingis, por si quedaba alguna duda, es un monstruo en FIBA -aunque defensivamente tiene margen de mejora-.

Lituania y Francia son claramente las decepciones del campeonato. Por su temprana eliminación y por el juego ofrecido. Es cierto que los lituanos no hicieron una mala primera fase, pero los de Collet ya exhibieron desde el día un juego anárquico. Tenían bajas, pero el suficiente talento como para ofrecer otro rendimiento.

Finlandia fue una grata sorpresa, consolidándose como un país emergente a nivel baloncestístico. Lauri Markkanen, un jugador a tener en cuenta en los próximos años. Hanga lideró a Hungría hasta octavos y Schroder permitió a Alemania soñar hasta cuartos de final. 

Italia, Grecia y Rusia murieron con las botas puestas. Digno de elogiar es el campeonato de Shved, demostrando que en Europa hay pocos jugadores más talentosos que él -lástima de su irregularidad-.

Un Eurobasket con un sinfín de detalles que seguro no olvidaremos. La FIBA deberá mejorar para que no se vean pabellones vacíos -¿mejorar el marketing, entradas más baratas…?-, y está obligada a mantener en nómina a sus fotógrafos -¡qué instantáneas más bonitas!-.

Ya saben que ahora cambia el formato y hasta 2021 no volveremos a tener cita continental. En 2019, Mundial -las selecciones deberán clasificarse en las ventanas FIBA- y en 2020, JJOO en Tokio. Empieza la cuenta atrás.