Svetislav Pesic es un hombre normal. Una persona que se levanta cada mañana y que es profesional con su trabajo, pero cuya experiencia le da una visión distinta de su labor. El técnico balcánico peina canas desde hace tiempo y está acostumbrado a vivir en casi cualquier escenario como buen veterano de guerra. Esa circunstancia, más allá de su compromiso especial con el Barcelona, fue lo que le llevó a sumarse a un proyecto donde las dudas se contabilizaban con calculadora y donde pocas cosas tenían sentido.

Sin miedo a nada se puso a los mandos de una nave que estaba a la deriva y no sólo ha sido capaz de reconducirla, sino que además le ha convertido en campeona. Sin embargo, el verdadero triunfo de Pesic está más allá del simple hecho de ganar o de simplificar ciertos mensajes hacia sus jugadores porque, si reducimos todo lo que rodea a un equipo al aspecto puramente glorioso de ganar trofeos, estaríamos equivocados.

Desde que el Barça levantó la Copa del Rey he leído y escuchado un montón de historias acerca del logro de Pesic. En primer lugar, han matado a Sito Alonso hasta convertirlo en el centro de las miradas sin tener en cuenta que todos cometemos errores y, en segundo, han intentado restarle mérito a algo tan sencillo como la normalidad.

Hoy en día todo se basa en cuestiones pomposas y en métodos en los que, si no utilizas una ecuación que dé como resultado el éxito, no vale de nada. Esa frase de cogérsela con papel de fumar está a la orden del día y con el Barça de Pesic ha pasado algo parecido. La cuestión ha estado en quitarle al serbio el valor de haber conseguido despertar a un muerto y, sobre todo, hacerlo por el camino más simple.

Lo que ha hecho Pesic con el Barcelona ha sido jugar al baloncesto que mejor le venía a sus chicos y ha transmitido toda la normalidad posible. Can Barça ha sido durante las dos últimas temporadas una casa de locos y el técnico de Novi Sad se ha dedicado a frenar la vorágine negativa que arrastraba la entidad desde la calma. Ha visto lo que tenía, ha escuchado a los jugadores y se ha puesto a trabajar.

Es más, durante la Copa sus hombres estaban completamente relajados y ese lenguaje corporal se notó desde el primer momento. Fuera en el hotel o en el pabellón, se respiraba otro aire en la plantilla blaugrana y eso se trasladó a la pista. Aun así, los fantasmas del pasado aparecieron durante el fin de semana; el miedo a perder se convirtió en real en algunos momentos y de haber caído a nadie le hubiera extrañado, ni siquiera a su entrenador cuyo objetivo era, más allá de ganar, recuperar a su equipo.

Sea como fuere, Pesic ha conseguido cambiar la dinámica de su equipo y ha normalizado todo lo que allí estaba sucediendo. Más allá de que Sito Alonso y el propio Barça han podido equivocarse, lo que complicaba el ambiente era lo nocivo del mismo, una cuestión que el ahora preparador culé se ha llevado por delante.

Hubiese o no ganado la Copa del Rey, el MVP de esta edición no podría haber sido otro que Svetislav Pesic por cómo ha jugado su Barcelona y por cómo ha cogido un equipo descarriado para acabar convirtiéndolo en uno que ha vuelto a sonreír de oreja a oreja. El triunfo es sólo una consecuencia del nuevo rumbo y una arista del nuevo plan catalán.

Sin varitas mágicas, sin recetas milagro; Pesic ha recuperado la normalidad en un lugar desquiciado por el fracaso y el talento de sus jugadores, a los que ahora no se les intenta vender ningún discurso cargado de tintes filosóficos, ha hecho el resto. El secreto de Novi Sad es que no hay secreto, y a veces eso es lo más difícil de entender.