Artículo cedido por Christian Giner

A falta de segundo y medio para el final del partido, Rusia ya celebraba el oro. Un triple había roto el empate. El título era suyo. Sin tiempo para más, Ricky Rubio recibió en medio campo, se elevó desequilibrado por encima de tres defensores y anotó sobre la bocina una canasta maravillosa, “la más especial de todas”, según palabras del propio jugador, para llevar el encuentro a la prórroga. El pabellón Jiménez Serrano de Linares, en Jaén, enloqueció. El público se frotaba los ojos, también los rusos, descorazonados. Nadie se creía lo que había visto y, sin embargo, todos coincidían en una cosa: había nacido una estrella. Los números al final de ese encuentro hablan por sí solos: 51 puntos, 24 rebotes, 12 asistencias y 7 robos. Desde aquel lejano agosto del 2006 no se ha vuelto a repetir una salvajada individual parecida en ningún otro Europeo cadete. Fue, sin ningún amago de duda, la primera exhibición seria del ahora NBA.

Ricky, que un verano antes, con tan solo 14 años de edad, se convirtió en el jugador más joven en debutar en ACB, escribió un nuevo capítulo en su temprana historia y comandó a la selección española hacia su primer título continental en la categoría. Las comparaciones con los ‘Juniors de Oro’, el grupo formado por Juan Carlos Navarro, Pau Gasol y Felipe Reyes que venció a los americanos en la final del Mundial de Lisboa en 1999, no se hicieron esperar. Los gurús del deporte avistaron a una nueva generación capaz de llevar al baloncesto español a una dimensión aún mayor, de dominio absoluto, pero las predicciones no se cumplieron y la realidad fue bien distinta.

Excluyendo a Ricky, de los doce integrantes de aquel fantástico equipo que dominó a placer el campeonato cadete, solo cinco llegaron a la ACB. Son Alberto Jódar, David Guardia, Jorge Romero, Álex Hernández y Dani Pérez. A estas alturas, con todos ellos casi en la treintena, ninguno ha vestido los colores de la absoluta y únicamente los dos últimos han disfrutado de continuidad en Liga Endesa. Hernández, con Manresa, donde jugó seis temporadas antes de emigrar a Lituania y Polonia, respectivamente. Pérez, en diferentes equipos, pero ahora con el Gipuzkoa Básket. El resto desarrolla su carrera en ligas menores, mientras algunos ya han abandonado definitivamente el baloncesto. Todos, antes o después, tuvieron que lidiar con las dificultades de este deporte en nuestro país, más dado a conceder oportunidades a extranjeros – casi el 70% de las fichas en ACB- que a gente de la casa. También con la mala suerte, los problemas económicos de los clubes y, por qué no decirlo, con el estancamiento de su nivel baloncestístico.

De todas, la historia de Alberto Jódar es una de las más llamativas. El madrileño era una de las grandes perlas de la cantera. Con Ricky y el también NBA Nikola Mirotic, con el que repitió cetro Europeo U20 años más tarde, se repartió el peso de la España del futuro. “Decían que era el escudero de Ricky, su gran apoyo en la pista”, recuerda. Alero alto y con un tiro de tres extraordinario, el Real Madrid se fijó pronto en él tras despuntar en las categorías inferiores del Fuenlabrada. “Alberto Herreros me quería y yo estaba convencido de que podía hacerlo bien en un grande. Firmé con un contrato de progresión, entrenaba con el primer y con el segundo equipo”, cuenta. Sin embargo, las lesiones lastraron su paso por el club merengue, entonces dirigido por Ettore Messina, al que recuerda como un entrenador “muy exigente y extremadamente detallista”, y también por el Lucentum Alicante, donde firmó su último contrato profesional. “El primer año con Alicante fue fantástico, en el segundo me lesioné de gravedad y empecé a ver cosas raras. El club y los compañeros dejaron de hablarme. Fue horrible. Conmigo no se hicieron las cosas bien”, se sincera.

Fue en ese momento, en 2013, cuando dejó de disfrutar, que empezó a valorar seriamente la retirada: “Volví con mis padres a Madrid. Estaba muy tocado y necesitaba reflexionar sobre todo lo que había pasado – explica- decidí apartarme tras una pequeña aventura en EBA. Fue una decisión muy meditada, ya no daba más de mí”. Ahora, despojado de la presión del deporte profesional, es feliz. Estudia el último curso de Ingeniería Aeroespacial en Leganés y tiene en mente irse a vivir a China cuando pase el verano: “Sé hablar español e inglés, con el chino ya podría comunicarme con todo el mundo. Además, me abrirá muchísimas puertas a nivel profesional. Es mi reto”. Con todo, sorprende que ya no juegue al baloncesto, ni siquiera pachangas con los amigos. “Mantengo mis rutinas, pero ya no me pica el gusanillo de echar unas canastas”, sentencia.

Otro de los jugadores de aquella selección destinado a grandes cosas era Armand Solé, el mejor amigo de Ricky. Ambos se conocieron en infantiles del DKV Joventut y rápidamente forjaron una gran amistad. “Nuestro primer éxito juntos fue cuando ganamos la Minicopa en Sevilla. Fue un campeonato espectacular y ahí él ya empezó a apuntar maneras”, relata. Tras el Europeo, mientras Ricky despuntaba en profesionales, la progresión de Solé sufrió un revés importante, pues no se terminó de adaptar a la categoría junior: “Me encontré con muchas limitaciones, entre ellas, la altura. Mi último entrenador en Joventut tampoco me motivada demasiado y me planteé priorizar los estudios. De alguna manera, sentí que en el baloncesto ya había dado todo lo que tenía”.

Finalmente, se decantó por el marketing online y ahora es SEM manager en una empresa de Barcelona. “Me apasiona lo que hago, soy un fanático”, dice. Al contrario que Jódar, en estos años no ha dejado de pisar las canchas: “Monté un equipo con otros colegas en el colegio donde estudié. Hemos jugado por Catalunya, pero he tenido que parar porque quería tener los fines de semana libres para hacer cosas con mi pareja”. Y es que este año se casa. “Por supuesto, Ricky está invitado”, comenta ilusionado, pues no ha perdido contacto con el de El Masnou.

Casado está ya Julio Sosa, un portentoso escolta que durante toda su carrera destacó por su espíritu de lucha y buena defensa. “En la selección me llamaban pitbull”, presume con su particular sentido del humor. Criado en las inferiores del Cajasol, su última experiencia baloncestística fue en 2015, en categoría EBA, con el CB Andratx de Mallorca, donde decidió poner punto y final. “Ascendimos y estuvimos todo el verano luchando para salir en LEB, pero por falta de patrocinio no pudo ser y me acabé hartando”, indica no sin dejar claro que “para seguir dando vueltas por 400 o 500 euros no le merecía la pena”.

Volvió a Sevilla por motivos familiares y se puso a trabajar en una empresa de herrajes, algo que nunca imaginó. “Yo no sabía ni lo que era una bisagra, pero con trabajo y esfuerzo ya me he acostumbrado. Me tuve que reinventar totalmente”, asegura. A pesar de todo, no se arrepiente: “Esto va de coger trenes, yo no tuve suerte ni con Joan Plaza en el Cajasol, ni luego. Tampoco tuve un buen representante que me pudiera defender y aconsejar”. Tras un tiempo apartado de las pistas, sueña con volver, aunque desde otra posición: “Me encantaría sacarme el curso de entrenador para ponerme a dar clases a chavales, pero ya veremos”.

En la boda de Sosa estuvo presente Pepe Zapata, compañero desde los diez años en la capital hispalense y otro de los integrantes de aquel combinado nacional. La mala fortuna hizo que su carrera se truncara muy pronto. “Con 20 años me dieron un codazo en el ojo y me aconsejaron dejar el baloncesto porque cualquier otro golpe fortuito me podía provocar un desprendimiento serio de retina”, afirma con pesar. La noticia le dejó tocado: “Me quedé en shock, estaba acostumbrado a la rutina del baloncesto y de repente todo se acabó. Fue frustrante. Durante un tiempo di clases a chavales por quitarme el mono”. Tras sacarse la carrera de empresariales en Badajoz, se trasladó a Madrid, donde actualmente trabaja como consultor financiero en una conocida casa de apuestas. “Si el trabajo me lo permite, es posible que en octubre vuelva a entrenar en categorías inferiores”, añade esperanzado.

Tampoco viven del baloncesto Iker Amutxastegi y Nacho Esteban. El interior vasco, tras jugar algunas temporadas en LEB Plata y EBA, lleva cinco años fuera de España. Primero se marchó a Belfast y, después, a Manchester donde aprovechó para jugar un año en los Giants de la Primera División Inglesa (BBL) mientras terminaba sus estudios de electrónica, que es a lo que hoy en día se dedica. “Aquí todo lo que no sea fútbol y rugby no tiene cobertura, pero los ingleses tienen equipos majos –apunta- el año que estuve jugamos playoffs y fue una experiencia apasionante”. No ha perdido tiro, pues todavía juega por placer en una pequeña liga local. Por su parte, Esteban dejó el baloncesto hace menos, dos años, tras una vida en Primera Nacional defendiendo la camiseta de un histórico del deporte madrileño como es el Liceo Francés. Es ingeniero industrial y trabaja en una empresa ferroviaria.

Entre los que aún compiten, Jorge Romero, antes conocido como Jorge Santana, fue otro de los proyectos más interesantes de aquella hornada. Un escolta habilidoso, considerado el más completo de su generación. Su nombre saltó al primer plano de la actualidad cuando, dos meses después del Europeo, fue elegido por el mismísimo Michael Jordan para viajar a Nueva York y enfrentarse a los mejores jugadores del mundo. “Jugar en el Madison fue alucinante, no sabía si reír o llorar. Tuve un cúmulo de sensaciones que no sé si volveré a vivir nunca”, recuerda emocionado. En 2008, siendo todavía muy joven, jugó dos partidos en ACB con el Madrid. Uno en liga, debutando junto a Mirotic, y otro en playoffs, frente al TAU. A partir de ahí, ya no volvió a aparecer en el primer equipo y comenzó un extenso peregrinaje por LEB Oro que finalizó el año pasado, cuando bajó con el Marín Peixegalego a Plata y de inmediato, por motivos extradeportivos, a EBA. “Fue un palo”, resume.

Pese a que recibió ofertas para continuar en el segundo escalón nacional, ninguna le interesó. Su deseo de terminar psicología y tomarse el baloncesto con más calma fueron motivos suficientes para quedarse en el club: “No lo vi como un paso atrás, necesitaba tiempo para estudiar –señala- le pedí al presidente que hiciera un buen equipo para subir de nuevo porque no quería arrastrarme por la categoría y a falta de una jornada seguimos invictos y con la mente puesta ya en la fase de ascenso”. No se arrepiente de nada cuando echa la vista atrás y, pese a que le hubiera gustado disfrutar más en ACB, opina que “no todo depende de uno mismo” y que “hay jugadores que llegan pasados los 30”. Lo importante, según él, es “disfrutar el proceso”.

En EBA está también David Guardia. El MVP del Campeonato de España Junior de 2008 con Unicaja tuvo la oportunidad de crecer profesionalmente en Alicante. Allí alternó el filial con la ACB hasta que decidió probar suerte en LEB, pero los números no le acompañaron. Su mejor versión la ha mostrado en EBA, primero en el ‘B’ del Valencia, donde incluso tuvo la oportunidad de ayudar al primer equipo en encuentros de Euroliga y Eurocup, y, ahora, en el Llíria, club en el que se formó y al que decidió volver tras 15 años de aventuras. “El año pasado tuve algunas lesiones de rodilla y decidí no moverme de la provincia de Valencia para recuperarme bien y dedicarle tiempo a las oposiciones de bombero”, explica. Ve su futuro ligado al básket, aunque no a cualquier precio: “Por mi nivel podría estar en LEB, pero en estas categorías te exigen ser un profesional sin ni siquiera pagarte un sueldo como tal. Es una vergüenza”, e incide: “Hay viajes por carretera que son auténticas palizas, con unas condiciones lamentables. Antes aguantabas porque tenías la ilusión del novato, pero la vida pasa y uno se acaba quemando”.

Misma situación ha vivido en sus propias carnes Toni Vicens. El pívot fue un habitual en LEB, pero tuvo que emigrar este año hasta Austria, donde ha jugado para los Lions Dornbirn. “Las ligas de segunda en España están fatal económicamente, las ofertas no son muy buenas – protesta- y, pese a todo, son competiciones muy exigentes que te roban mucho tiempo por viajes y entrenamientos”. Tras las dudas iniciales, hizo las maletas y la temporada no le ha ido nada mal al balear, pues ha sido el máximo anotador de la liga. Ahora espera que su esfuerzo sea recompensado con un contrato mejor. “Mis agentes están haciendo un buen trabajo y seguramente acabe en Francia. La idea era dar un paso atrás para pegar dos hacia delante”, cuenta.

Aunque no renuncia a su sueño de jugar algún día en ACB, lo ve difícil y alerta de que “con las trampas que hacen los clubes en cupos y pasaportes los jugadores nacionales tienen casi imposible llegar arriba”. En Austria ha aprendido inglés y su próximo objetivo es sacarse el curso de marinero y capitán de barco, pues cuando se retire quiere dedicarse a ello en su tierra, Mallorca. “Hay mucha faena y está bien considerado”, remarca.

Tampoco son ajenos a la realidad del baloncesto español los dos únicos jugadores que han gozado de recorrido en ACB, Álex Hernández y Dani Pérez, pues ambos han estudiado la carrera de Administración y Dirección de Empresas (ADE) para afrontar el mañana. Al murciano todavía le faltan unas pocas asignaturas para terminarla. Lo hace desde Polonia, país que le reclutó para jugar en las filas del Stelmel Zielona, campeón nacional y equipo Champions, tras seis años en Manresa. Pérez, ya graduado, disfruta en San Sebastián de una nueva oportunidad en Liga Endesa con Gipuzkoa.

Compañeros en la cantera del Barça, conocen mejor que nadie las dificultades existentes en España y comparten análisis con Vicens. “El jugador español se encuentra totalmente desprotegido. Aquí en Polonia los equipos tienen que tener un mínimo de seis jugadores nacionales y dos de ellos siempre en pista – advierte Hernández- veo imposible que esta norma se pueda aplicar en nuestro país para desgracia de muchos”. Pérez añade sin paliativos: «Los clubes grandes miran cada vez más hacia Europa, dejando de lado la liga nacional. Con el tema de cupos y fichas de formación los jugadores españoles salen perdiendo. Los organismos que se encargan de administrar nuestro deporte deberían tomar medidas», e insiste: «Se valora más un apellido americano, croata o serbio. Mi club es una pequeña isla, casi todos somos españoles que venimos de LEB. A falta de unas pocas jornadas tenemos la permanencia prácticamente asegurada y estamos demostrando que no somos tan malos».

Aunque doce años después de aquel Europeo apenas mantienen el contacto entre ellos, pues la vida les ha llevado por caminos diferentes, todos aseguran que la magia de Linares les unió para siempre. Así lo ve Armand Solé: “Son mis hermanos. Ya no nos vemos por razones obvias, pero siempre les tengo presentes”. Para Julio Sosa conocer a sus antiguos compañeros fue “el momento más maravilloso de su vida” y Toni Vicens no puede evitar emocionarse recordando viejas anécdotas, casi todas con Jota Cuspinera, el entrenador y máximo artífice de aquel éxito, como protagonista. “Cada noche antes de acostarnos nos leía un libro con historias repletas de moraleja que nos hacían pensar y nos mantenían motivados para cada encuentro”. Aquel libro, titulado La buena suerte, lo guardan como un tesoro él -con dedicatoria exclusiva del propio técnico- y David Guardia. Además, lo recuerda perfectamente Alberto Jódar, que lo volvió a revisar hace unos pocos años: “Me di cuenta que tenía todo el sentido del mundo. Te explicaba cómo atraer la energía positiva a tu vida. Jota nos hizo creer que podíamos ganarle a cualquiera”. Misma conclusión defiende Dani Pérez: «Todos éramos inexpertos en compromisos internacionales y Jota nos guio con una maestría pocas veces vista. También dibujamos una especie de escalera y cada encuentro que ganábamos subíamos un peldaño».

España no llegó como favorita a aquel torneo. “El objetivo de la federación era que no bajáramos de categoría, nadie pensaba en medalla”, señala Vicens. Pero la labor psicológica de Cuspinera, la gran “afinidad del grupo” -como remarca Pepe Zapata- y el apoyo de toda la afición jiennense durante el mes y medio de concentración marcaron la diferencia. “No podíamos ir por la calle, todo el mundo se paraba para hacerse fotos y pedirte autógrafos”, dice Iker Amutxastegi. “Parecíamos el Madrid. En el hotel siempre teníamos gente y en los partidos había cola una hora antes de empezar”, detalla un Sosa aún sorprendido. “Dejábamos que Ricky saliera el primero para que la gente se centrara en él y nosotros pudiéramos pasar desapercibidos”, sostiene entre risas Guardia. Grecia, que partía como serio aspirante con jugadores que ahora son habituales en Euroliga, como Mantzaris (Olympiakos), Sloukas (Fenerbahce) o Nikkos Pappas (Panathinaikos), quedó muy pronto eliminada. “Aquel plantel daba miedo, venían arrasando en otros campeonatos – destaca Álex Hernández- que no se clasificaran nos impulsó”.

La selección llegó inmaculada a la final, con pleno de victorias. Tocaba Rusia, una sorpresa. “En la fase de grupos les ganamos con relativa comodidad, pero sabíamos que la lucha por el oro sería distinta”, cuenta Vicens. Antes del duelo, durante el partido por el tercer y cuarto puesto que se disputaron Croacia y Serbia, un gesto que podía haber pasado desapercibido cobró especial relevancia. Romero, Solé y Ricky, los ‘cabecillas’ de la selección, no salieron a ver el partido, prefirieron concentrarse en el vestuario con la firme intención de ganar. “Ricky y yo teníamos un motivo especial para hacerlo”, recuerda Solé. Y es que, durante las semanas anteriores al torneo, ambos recibieron la triste noticia del fallecimiento de Guillem Reventós, compañero en las inferiores del DKV Joventut, como consecuencia de un accidente de tráfico. La victoria era el mejor modo de homenajearle. “Ricky dijo que aquel triple no lo metió solo él”, explica conmovido el catalán.

Sin embargo, antes de aquella canasta desde media pista que pasaría a formar parte de la memoria colectiva de todos los aficionados al baloncesto, Rusia metió otra de mucha categoría que le puso por delante a falta de segundo y medio para el final. “Un triple desde ocho metros y en carrera. Lo metieron en mi cara -lamenta Jorge Romero- me quedé destrozado”. Con el partido agonizando, Julio Sosa fue el encargado de sacar de fondo: “Cogí la pelota sin saber muy bien qué hacer, Ricky me pidió que se la pasara larga – narra- y cuando vi el vuelo que cogía sabía que iba a pasar algo grande”. Jódar, que estaba bajo el poste rival, tuvo una vista inmejorable de la jugada: “Pegó a tablero y entró. Me quedé dos segundos paralizado y cuando me giré estaba todo el mundo abrazándose, no me lo creía”. Tampoco Cuspinera, en proceso de felicitar al seleccionar ruso cuando Ricky obró el milagro. “Pensé que era imposible, miré al marcador y a los árbitros para ver si la habían dado válida”, dice Guardia. “Algo así solo pasa una vez en la vida”, afirma Nacho Esteban.

En contra de la leyenda, aquel triple valió la primera de las dos prórrogas del encuentro, que no la victoria, y desató al genio de El Masnou, que se marcó un tiempo extra antológico. “Lo hacía todo fácil, fue un recital”, indica Amutxastegi. “Estaba varios pasos por encima del resto, dominaba como quería el juego”, apostilla Hernández. Romero no duda en citar a Larry Bird en una de sus declaraciones más famosas, aquella que hace más de treinta años dijo sobre Michael Jordan: “Dios se disfrazó de jugador de baloncesto”. 110 puntos necesitó España para doblegar a una combativa Rusia (106), mucho más física, en un duelo repleto de emoción, sudor y un inmenso estallido de locura. La alegría de los españoles contrastaba con la del resto de selecciones del torneo que, presentes en la final como espectadoras, salieron cabizbajas del pabellón tras la derrota visitante. “No querían que ganáramos porque jugábamos en casa, pero a falta de centímetros le pusimos talento e ilusión. Fue perfecto”, comenta Sosa.

Entre gritos de ‘campeones, campeones’ y acordes de Queen, España levantó su primer Europeo cadete de la historia, luego vendrían tres más (2009, 2013 y 2016). La emoción invadió a todos los jugadores, que se abalanzaron los unos encima de los otros en una entrañable piña. “En mi vida me imaginé ganando un Europeo con la selección y mucho menos de esa manera”, asegura Jódar. “He vivido playoffs y partidos al límite para subir de división, pero lo que sentí en Jaén no se ha vuelto a repetir”, sentencia Vicens. Cuspinera acabó en la ducha, como todo el cuerpo técnico, y Ricky fue elegido MVP del torneo en un verano histórico para el baloncesto español, pues apenas un mes más tarde los Gasol y compañía se proclamaron en Japón campeones del mundo en términos absolutos.

No cuesta imaginarse que hubiera pasado si la hazaña de aquella generación se hubiera dado ahora, con las redes sociales. Seguramente el impacto mediático y la presión hubiera sido mayor para unos chavales que, a pesar de todo, nunca se tomaron en serio los numerosos halagos que recibieron. “La mayoría de mis compañeros nunca nos creímos los mejores –señala Romero- la prensa tiende a magnificar mucho, enseguida te encumbran, pero luego no se acuerdan de ti si no has seguido el camino que esperaban”. En palabras de Dani Pérez: «Ahora llevan dos años diciendo que Doncic es el nuevo Petrovic, pero se olvidan que Petrovic solo habrá uno. Los medios a veces están tan ávidos de nuevos talentos que se olvidan que detrás de un determinado jugador se encuentra una persona joven que necesita ayuda, no un castigo».

12 años después, de la mayoría no se escriben artículos ni se habla en tertulias radiofónicas o televisivas. Su historia es como la de otros muchos niños que sueñan con ser grandes estrellas, no todos pueden conseguirlo. Iker Amutxastegi y Nacho Esteban comparten la misma idea:

“Ganar un europeo cadete con 16 años no te abre las puertas de nada. Hay que estar preparado para lo que pueda venir. El éxito es trabajar de lo que a uno le gusta y, en nuestro caso, parece que lo hemos conseguido”. Cada situación es una nueva oportunidad para mejorar y superarse, dicen. Como aquel agosto inolvidable en el que nadie creía en ellos, como aquella trágica pérdida que motivó a un Ricky al que siguen admirando desde la distancia o como aquel libro que les leía Cuspinera, La buena suerte, esa que, cerca o lejos del baloncesto, han sabido perseguir y encontrar.