Eran años difíciles y nostálgicos para el baloncesto europeo. Quizás una de las mayores depresiones deportivas de la historia, y si ya entramos en el ámbito baloncestístico, mucho más. Es verano de 1993 y, con la nueva temporada a la vuelta de la esquina, Yugoslavia no sabe a quién amar. Con los tanques ocupando sus hermosas calles y el hambre haciendo mella en los más pequeños, el refugio casi divino que antaño fue el baloncesto se había convertido, sin pretenderlo, en la única vía de escape. Pero la situación era crítica.

El cadáver de Drazen Petrovic todavía seguía caliente en aquel Volkswagen Golf que quedó varado en Denkendorf. La situación más allá del Atlántico no ayudaba demasiado. Divac se asentaba en los Lakers como buque insignia y el joven Kukoc acaba de aterrizar en Chicago para ayudar a llenar el vacío dejado por la primera retirada de Michael Jordan. En resumen, había ídolos aún en el viejo continente que hablaran el idioma del pueblo y jugarán al baloncesto, pero no era lo mismo. La gente hacía más por sobrevivir en una época de incertidumbre que por llenar las canchas de baloncesto de aquel maravilloso país que se retorcía en lo más profundo de su ser. Y entonces, llegó él.

Un 2 de marzo de 1973 nacía en Zrenjanin Dejan Bodiroga, un niño prodigio que en sus inicios se vio tentado por los alargados tentáculos del fútbol, pero que acabó eligiendo el baloncesto. Él no lo sabría hasta más adelante, pero su futuro estaba escrito desde hace años en un balón naranja. Uno mira el árbol genealógico de Dejan y empieza a entender muchísimas cosas. Bogdan Tanjevic, quien en su día descubrió a Dejan Bodiroga, también encontró una relación de parentesco entre las familias de Drazen Petrovic y Bodiroga. Una relación prácticamente desconocida incluso hoy en día. Los apellidos Petrovic y Bodiroga no tienen nada que ver uno con otro, pero la explicación está en una antigua tradición balcánica según la cual, las mujeres, al contraer matrimonio, perdían su apellido familiar y adoptaban el de su marido en todos los documentos oficiales. Esa fue la razón por la que Gospav, abuela de Dejan por parte de padre, sustituyó su apellido de soltera (Petrovic) por el de su esposo, Bodiroga. Uno de sus siete hijos, Vaso, resultó ser el padre de Dejan y de su hermano mayor, Zeljko.

La familia Petrovic, de origen serbio-bosnio, tenía sus raíces en la ciudad de Trebinje (Bosnia-Herzegovina). En el pasado, la numerosa familia se dividió, sobre todo después de la Segunda Guerra Mundial, cuando la mayor parte de ella, por motivos económicos, emigró a Zrenjanin y Zemun (Serbia) y a otras zonas de la antigua Yugoslavia. Jole, el padre de Aleksandar y Drazen, que era funcionario de Interior, fue destinado a trabajar en Šibenik, en la costa dálmata de Croacia, donde conoció a Biserka, su futura esposa. Fruto de su amor vinieron al mundo Aleksandar y Drazen. En Šibenik empezaron a jugar a baloncesto. Las familias Petrovic y Bodiroga, divididas por los acontecimientos, apenas se conocieron.

Tal es así, que Drazen y Aza no sabían de Dejan y Zeljko. Cuenta Bodiroga que tan sólo coincidió una vez con Drazen, en Zagreb, cuando éste jugaba en la Cibona y el joven talento fue convocado con la selección de cadetes pero, claro está, en ese momento ambos desconocían sus lazos de consanguinidad.

Despreocupado y feliz, Dejan creció a un ritmo imparable y con sólo quince años ya medía 2,05 metros. Recién ingresado en el Masinac, club de su Zrenjanin natal, el serbio dejó boquiabiertos a todos los que se paraban a ver sus movimientos sobre el parqué. En 1989, y tras un pequeño campus, Kresimir Cosic estuvo días convenciendo a Dejan para que se uniera a las filas del Zadar. Este aceptó, pero al tener ya firmado un contrato profesional con el KK Vojvodina, la Federación le sancionó con una temporada sin jugar, la 1989-90. Cuando el castigo acabó, comenzó a deslumbrar, pero la guerra se interpuso entre él y el baloncesto, obligándole a buscar amparo fuera de su país.

En una gira por Grecia, Dejan buscó un club en el que jugar y alejarse de la guerra que asolaba su casa. El bueno de Cosic, de nuevo y a modo de hada madrina, consiguió que el Stefanel Trieste de su amigo Bogdan Tanjevic le abriera sus puertas. Pero, de nuevo, otro inconveniente. Su nacionalidad le convertía en extranjero en el país italiano, y el equipo tenía todas las fichas ocupadas, lo que de nuevo le tuvo un año a la sombra (temporada 1991-92). Una vez que la legalidad permitió a Dejan jugar, él no falló. Llevó al modesto Stefanel a cotas jamás soñadas, en una liga que vivía sus mejores años con ingentes gastos de dinero que la situaron en el podio de las grandes competiciones domésticas europeas.

Temporada 1992-93. El equipo italiano alcanza los playoffs para caer ante el Cantú con un Dejan que, a sus diecinueve años de edad y tras ser el extranjero más joven en debutar en la Lega, dejó actuaciones para el recuerdo, como los 32 puntos a la Benetton de Trevisso donde jugaba un viejo conocido, Kukoc. Al año siguiente, el equipo subió otro escalón, pero fue insuficiente para reinar en Italia y caían ante el Scavolini Pesaro en semifinales. La empresa que se hacía cargo del equipo, Stefanel, dejó Trieste para establecerse en Milán y allá que fue Dejan los siguientes dos años. Otro fracaso en la liga que empañaba el brutal crecimiento de Bodiroga, quien ya era figura en el país y al finalizar la 1994-95, los Kings lo eligieron en el puesto 51 del draft de 1995.

Su último año en Italia fue la culminación de un proceso que duró casi un lustro pero, que al fin, vio la luz. El Stefanel ganó la Liga y la Copa, un doblete histórico con el que nadie soñaba hace unos años. Sin embargo, el gran demonio de Dejan en Italia fue la copa Korac, competición que perdió hasta en tres ocasiones durante su estancia allí, frente al PAOK, Alba de Berlín y Efes Pilsen. Una espina que dolía como un hierro candente. El calor llegó a Italia, presentando al verano. Su buen amigo y técnico Bogdan Tanjevic firmaba por el Limoges francés, y Dejan hacía lo propio con el Real Madrid, el trampolín definitivo a la cima del baloncesto europeo.

No hay ninguna teoría al respecto, pero las malas lenguas dicen que si tienes parentesco o afinidad por Drazen Petrovic y fichas por el Real Madrid, tu futuro es desolador. Y así fueron los dos años de Dejan en el Madrid. A pesar de rendir a un muy buen nivel y entrar ganando la vieja Recopa de Europa, Bodiroga nunca estuvo feliz ni a gusto en Madrid. El Barcelona por partida doble en su primer año, tanto en Copa como en ACB, y el Valladolid y el Manresa en sendas competiciones al año siguiente, privaron a Bodiroga de levantar algún título grande en la capital del reino. Todo ello, sumado a la mala relación entre Arlauckas y Bodiroga, la marcha de Obradovic y la poca mano dura de su sustituto, Miguel Ángel Martín, provocaron el adiós inmediato del mito cuando el Panathinaikos llamó a su puerta.

Quién le iba a decir a Dejan que, en Grecia, lugar donde buscó refugio para huir de la guerra antaño, iba a ser el lugar donde explotaría como dominador a todos los niveles. Su movimiento del látigo, bote de balón, elegancia y nobleza iban a conquistar a una afición sedienta de alegrías. Con Subotic a los mandos del club heleno y Dejan como estrella, el PAO conquistó la Liga ante Olympiacos, sin embargo, el proyecto naufragó en Europa ante el Fortitudo Pallacanestro Bologna de su amigo y antiguo compañero en el Stefanel, Gregor Fucka, al caer en octavos de final tras una primera fase impoluta, dejando así una sensación de fracaso tremenda. La directiva siguió apostando fuerte y se deshizo de Subotic para traer a Obradovic al banquillo. Sociedad letal la que formaría con Dejan. La primera temporada (1999-00) de Zeljko digiriendo el equipo fue histórica. Los griegos ganaban la Euroliga tras eliminar en la Final Four al Efes Pilsen en semis y al Maccabi Tel Aviv en la final. Primer gran título europeo para Bodiroga.

Hasta tres ligas ganó en Grecia. La mencionada con Subotic, la del año siguiente aplastando al PAOK y la última, de nuevo ante Olympiacos, en la temporada 2000-01. Pero sus grandes batallas las libró en Europa. Al año siguiente de ser campeón de Europa, el PAO ingresó en la conocida como Suproliga, escisión producida por una rebelión de los clubes contra la FIBA. A diferencia de la gran mayoría de equipos grandes, Maccabi y PAO siguieron fieles a la FIBA y se quedaron en la competición apadrinada por el gran padre. Tan devaluada como insulsa. El único aliciente era ver de nuevo, como así ocurrió, una final entre Maccabi y PAO a modo de revancha del año pasado. Esta vez, y a pesar de la actuación histórica de Bodiroga, los israelís se llevaban el título. Luto.

Temporada 2001-02. Los equipos esquiroles que se habían quedado con la FIBA, ahora abrazaban una Euroliga apadrinada por la ULEB. De nuevo, los griegos se plantaban en la Final Four, ese año en Bolonia, junto a Kinder, Benetton Treviso y como no, Maccabi Tel Aviv. Bodiroga trituró al Maccabi en semifinales con un partido brutal y en la final esperaba el equipo anfitrión: el Kinder de Manu Ginóbili.

Un partido memorable. Baloncesto europeo en estado puro. Mientras el Kinder empujaba para llevar al PAO al precipicio, Dejan imponía su carácter pausado al encuentro. Griffith y Smodis castigaban, pero los griegos encontraban en Alvertis y Papadopoulos una solución momentánea a la sangría italiana. Los fallos desde el tiro libre, los nervios y el buen hacer de Bodiroga daban la vuelta a una final para la historia. Kutluay sentenciaba y la Euroliga caía del lado griego. No había dudas, el PAO era el mejor equipo de Europa, y Bodiroga, flamante MVP de la Final Four, era el amo y señor del baloncesto europeo.

¿Qué le quedaba por hacer a Bodiroga? A primera vista, nada. Había triunfado en Italia, había fichado por el club más galardonado de todos los tiempos en Europa y había ganado la Euroliga en dos ocasiones. Es decir, no tenía nada que demostrar. Para colmo, en el verano de 2002 se acababa de proclamar campeón del mundo en Indianápolis con Yugoslavia. El cielo se le quedaba corto. Y de repente, una llamada telefónica. Al otro lado del celular estaba Svetislav Pešić, su técnico en la selección, quien acababa de fichar por el F.C.Barcelona y quería que fuese la piedra angular del nuevo proyecto. Quería que hiciese campeón de Europa al Barça, un club maldito.

Hasta cinco finales perdidas antes de la llegada de Dejan. Una contra la Virtus Roma, dos contra la Jugoplastika, una contra el PAO y la última contra Olympiakos. La más dolorosa, sin duda, la de 1996, con Dominique Wilkins en el conjunto heleno. Con cinco segundos para terminar el partido, el Barça recuperaba el balón y Montero se dirigía a canasta, cuando, al dejar el balón en el tablero para completar la bandeja, Vranković taponaba ilegalmente al jugador culé privando así de la primera Copa de Europa al Barça. Mucha culpa tuvieron los árbitros, cómplices de aquella jugada, pero la penitencia más grande la lleva Montero, quien debió haber terminado la jugada con mayor contundencia.

Con el sí de Bodiroga, el Barça armó un equipo de ensueño. Gregor Fucka también aterrizó en Barcelona, y completaba así a los Jasikevicius, Navarro, Dueñas y De la Fuente, entre otros. La Copa del Rey cayó ante el Tau Cerámica, tras haber eliminado previamente a Madrid y Unicaja, con dos exhibiciones del número diez. El Barça miraba al triplete. La ilusión se palpaba en el ambiente y para colmo, la Final Four de aquella temporada se jugaría en el Palau Sant Jordi. No podían fallar. Y no fallaron. Tras una primera fase plácida, el Barça se metía en la Final Four sufriendo en el TOP-16. 

9 de mayo de 2003. Primer asalto a vida o muerte en el Sant Jordi. Un CSKA de Moscú repleto de estrellas quería meterse en la final. No estuvo fino Bodiroga en las semifinales, es cierto, incómodo desde el salto inicial, no supo encontrarse en todo el partido. Pero apareció su amigo Fucka para prolongar el sueño 48 horas más. Sus 21 puntos y 9 rebotes resultaron claves junto a la irrupción de Navarro para no sucumbir a la ratonera que habían planteado los rusos aquella tarde. Holden disparó, Fucka mató.

Y llegaba la gran final, contra la Benetton de Trevisso dirigida por Ettore Messina y capitaneada por nombres tan ilustres como Marconato, Pittis, Langdon, Edney, Bulleri o Garbajosa. El Sant Jordi lucía precioso, no cabía un alma más. Lo tenía claro el técnico italiano desde el primer momento, la clave era parar a Bodiroga. Riccardo Pittis se pegó a él como un imán, y en consecuencia, no apareció la estrella culé en los primeros compases. Con un Saras algo despistado, Rodrigo y Fucka pusieron tierra de por medio, hasta que Dejan despertó y el Barça despegó. Ocho arriba al descanso.

Un atasco en ataque del Barça y la aparición de Tyus Edney igualaron la contienda. El partido siguió en un puño hasta que, en el último cuarto, los triples del Barça encarrilaron la final. Con 63-58 y menos de cuatro minutos para el final, llegó la jugada que marcó la historia del Barça.

Bodiroga tenía el balón en su dominio, como un yoyó y, tras pedir un bloqueo a Dueñas, no conseguía tener una opción de tiro clara, así que sacó el balón al lado contrario para que, Navarro, con algunos problemas la metiera en el poste alto, donde acababa de llegar Fucka. El gigante esloveno vio perfectamente a Bodiroga, que estaba completamente solo para tirar. Y ahí fue el balón. Recibió, se levantó y venció. El hombre impasible levantó los brazos y el Palau coreó el nombre de su nuevo Dios. La Euroliga, por fin, ya estaba en Barcelona.

Un título especial que le coronó como el mejor jugador de Europa otra vez y uno de los mejores de todos los tiempos en el viejo continente. A ese doblete le acompañó la ACB, ganada ante el Valencia. Al año siguiente, ganó otra liga, tras sufrir de lo lindo ante un Estudiantes plagado de talento y coraje, que se resolvió en un quinto y agónico encuentro en el Palau. Un Barça en caída libre dejó marchar a sus figuras, y Bodiroga se despedía de Barcelona para aceptar su feliz declive.

Un Dejan en la recta final se volvió a encontrar con Pešić en Roma. Dos años sin pena ni gloria donde su luz se apagó para siempre. En 2007, y con una hoja de servicios impoluta, Dejan Bodiroga anunciaba su retirada del baloncesto. Se iba, posiblemente el último gran talento yugoslavo. El primo de Drazen. El profeta del Palau.

Tras la separación de Croacia del conglomerado yugoslavo, la selección balcánica siguió adelante sin sus hermanos croatas. Dejan siempre formó parte del equipo nacional desde bien pequeño y en categorías inferiores. Cuando sus problemas iniciales del contrato y después en Italia con las fichas, Bodiroga se refugió en Yugoslavia para seguir creciendo. Al primer oro en el Eurobasket de 1995 en Grecia le siguió una plata en los Juegos de Atlanta y un segundo oro en el europeo de España. Su protagonismo creció y lideró al equipo yugoslavo para ganar el Mundial de 1998, después un bronce en el Eurobasket de 1999 y el tercer oro europeo en Turquía. La culminación de su carrera como jugador nacional llegó en el Mundial de 2002 en Indianápolis, cuando ganó el mencionado oro.

Dejan Bodiroga. Uno de los mayores talentos de la historia del baloncesto europeo. Merecedor de tener la sangre de Drazen Petrovic corriendo por sus venas. Un jugador que conquistó todos los títulos a su alcance con una suficiencia humillante. Seguro de sí mismo. Clase, talento, arrojo y amor propio. Recordaremos siempre sus lanzamientos tan particulares, sus fintas y su forma de mirar. Una vez, un sabio definió a Bodiroga como no lo he vuelto a leer ni escuchar nunca más: “Dejan no era un diez en nada, pero era un ocho en todo».