El curso 2017-2018 ya forma parte de la historia negra del Barcelona, de esos capítulos oscuros que jamás leerías a tus hijos. Salvo una Copa milagrosa, la debacle en Europa y el no poder llegar a la final ACB por segundo curso consecutivo obligan a poner un suspenso a la temporada. 

Con matices, ¡qué sería la vida sin ellos!, pero un club con los recursos económicos que ostenta el Barça no puede permitirse deambular con tanta mediocridad. Y no es solo este año.

Inicio rompedor, realidad desoladora

Tras el adiós de Bartzokas y la llegada de Sito, el curso empezó con una confección de la plantilla que generaba una ínfima ilusión -por nombres-, aunque los más escépticos ya promulgaban su disgusto por el puesto de base y la falta de un referente anotador. Visto lo visto, y sin ser oportunistas, acertaron en sus agoreras predicciones.

El inicio de temporada fue de notable alto con un triunfo contundente en la primera jornada de Euroliga ante Panathinaikos (presentación por todo lo alto de Séraphin) y una remontada en casa ante Baskonia para abrir la ACB. El equipo transmitía intensidad, circulaba bien el balón en ataque y ganaba. El proyecto, aún embrionario, daba síntomas de convencer.

Pero no tardaron las cosas en torcerse. El mes de octubre destapó algunas de las carencias del equipo, muchas de ellas mentales, y se sucedieron los primeros tropiezos: tres seguidos fuera de casa (Estudiantes, Estrella Roja y Milano, dilapidando una suculenta renta en el 2Q) y dos en un Palau que comenzó a dejar de ser inexpugnable (Zalgiris y UCAM). Recuperó un poco la autoestima el conjunto de Sito en noviembre ganando a Olympiacos (de 22), a Valencia dos veces seguidas e incluso en el Palacio al Madrid en ACB, pero los tropiezos en Bamberg (noche infame) y en casa ante el Efes en Euroliga hacían saltar las alarmas. El Top 8 se complicaba.

Diciembre fue la constatación de que el proyecto Sito tenía los días contados. Las rotaciones empezaron a cambiar, los roles fueron modificados sin demasiada justificación y el equipo atravesó un bache profundo: seis derrotas seguidas (vs Fenerbahce, Madrid, Tenerife, Gran Canaria, Unicaja y Baskonia), siete en ocho partidos (sumando la del CSKA en Moscú tras un nefasto último periodo). ¿El problema? Cinco de esas derrotas fueron en Euroliga, dejando a los azulgrana prácticamente sin opciones para estar en los cuartos de final de la competición. Diciembre. Como con Bartzokas. Un fracaso mayúsculo.

El equipo no tenía alma. Naufragaba fuera y la inseguridad -por resultados o confianza- le hacía fallar también en el Palau. La afición desistió ante tal pesadilla, ya no novedosa.

Sito, pan para hoy hambre para mañana

La derrota del Barça en Vitoria en Euroliga hizo “abrir los ojos” al técnico madrileño. El quinteto Tomic-Moerman-Hanga-Navarro-Ribas rozó la machada en el Buesa (tras ir perdiendo por 25 puntos) y pasó a ser el cinco inicial en las semanas venideras. Y el efecto Coca-Cola funcionó: el Barça ganó en Moscú al Khimki, superó al CSKA en casa y firmó notables actuaciones en Sevilla y Gipuzkoa. Una mera cortina de humo. Como la efervescencia del mencionado refresco, el conjunto azulgrana regresó a la triste realidad en 15 días, cuando volvió a encadenar una racha de malos resultados: tres derrotas seguidas (vs PAO y Valencia en Euroliga, vs Unicaja en ACB) y dos más lejos del Palau (ante Andorra y Fenerbahce).

Llegaron las filtraciones a la prensa de malos rollos, aparecieron los primeros pañuelos en el Palau… y Sito definitivamente perdió su crédito cuando “atacó” en sala de prensa a algunos jugadores (Koponen, por ejemplo). El vestuario dejó de creer y la afición pidió a gritos un cambio para frenar o cortar la agonía.

Éste llegaría tras otra debacle en Vitoria, precisamente donde Sito había encontrado -o eso creía- la fórmula para revertir una paupérrima situación un mes antes. El Barça decidió cesarle y Alfred Julbe asumió el cargo de forma interina (con derrota en Tel Aviv). Llegó (volvió) entonces Pesic, que se encontraba esquiando y prácticamente desconectado del mundo de la canasta (si es que eso es posible) junto a su mujer. No podía rechazar la llamada del Barça.

Pesic, una Copa milagrosa y un final esperado

El técnico serbio realizó una primera rueda de prensa formidable, dejando varias perlas que hicieron recordar viejos tiempos y transmitiendo una confianza que tendría un efecto inmediato en los jugadores. “Tenemos que creer en nuestras posibilidades y juntarnos como equipo”. Dicho y hecho. El Barça se paseó ante el Bilbao Basket antes de afrontar una Copa a la que llegaba sin ser favorito.

Pero ya saben el refrán de que un grande siempre es más peligroso cuando va en modo cenicienta. Y eso fue lo que ocurrió en Gran Canaria. Tras unos cuartos de final durísimos ante Baskonia, el Barça pasó a semis y se plantó en la final tras doblegar con relativa facilidad al anfitrión. Con Heurtel, Ribas, Oriola y un renacido Sanders, los azulgrana no renunciaban al milagro. Y lo lograron, venciendo en la finalísima a un Madrid que rozó la épica con una sensacional remontada en el último periodo (e incluso pudo forzar la prórroga si hubieran pitado una falta de Claver sobre Taylor). Pesic lo había hecho, el Barça ganaba un título tres años después del último (Supercopa 2015).

La euforia se desató en la parroquia culé, que vio en la figura de Pesic al salvador de una sección sin rumbo. Pero la plantilla evidenció una vez más sus carencias, perdiendo de 27 en el Palau ante el Madrid, sucumbiendo en Kaunas y firmando su sentencia en la Euroliga con tropiezos en Málaga y Baskonia en casa. Fuera del Top 8 por segundo curso consecutivo y con una imagen deplorable. Un ridículo sin consecuencias.

Más allá de los resultados, la directiva se lució una vez más fichando a Edwin Jackson -lejos de su mejor estado de forma- y manteniendo en la plantilla a un Pressey descartado por Pesic. El pivot -con Séraphin lesionado- no llegaría hasta justo antes de los Playoffs ACB (Reynolds).

Aunque los resultados y el nivel de juego acompañaron en abril y mayo, las carencias y las desafortunadas lesiones de Oriola y Ribas dejarían al equipo tocado para Playoffs. Andorra tuvo en sus manos la posibilidad de dejar al Barça en la estocada ya en cuartos, pero en un ejercicio de fe inquebrantable, los de Pesic salvaron la papeleta en el Palau. Por los pelos (2-1).

Pero en semifinales tocaba un Baskonia en línea ascendente, con una plantilla compensada y quizás en su mejor momento. El Buesa se le atragantó nuevamente al Barça, sin opciones en el primer partido y sin defensa en la segunda mitad del segundo. 2-0 y el Palau tenía que reaccionar. Respondió la gente, consciente que la temporada podía llegar a su fin otra vez demasiado pronto. Colocó el 2-1 el Barça en un partido de infarto, pero en el cuarto Baskonia ya no perdonó (aunque concedió varios regalos, prórroga incluida). Demasiada aventura para tan poco material.

Entre aplausos del Palau (a los jugadores, la directiva se fue de rositas) y con muchas preguntas en el aire, la temporada bajó el telón con un balance tan inusual para el Barça como decepcionante: 41 victorias y 33 derrotas. La Copa, un milagro en una travesía de títulos que dura ya cuatro años.