Columna de Millán Cámara

Es complicado escribir estas líneas y no sentirse, por ejemplo, como Serge Ibaka en otoño de 2011. Empieza el curso periodístico / baloncestístico y la realidad es la que es: sin rumbo aún definido, toca matar el vicio de juntar letras mientras llega (esperemos) una nueva y buena oportunidad profesional.

Como si uno se hubiese visto afectado por todo un cierre patronal, y porque estar parado no era una opción, tocaba buscarse un destino temporal apetecible. Había que desentumecer los dedos y volver a ponerlos sobre las teclas en un sitio que garantizase calidad y visibilidad. Como Fullbasket. Que, sin considerarse el que escribe estrella de nada, puede ser todo un Real Madrid de cara a no perder comba en la rueda de esta nuestra bendita profesión durante el tiempo que sea menester. Si en el futuro llegará o no la NBA (en forma de pelotazo laboral), ya es otro cantar.

Para inaugurar este espacio con tintes de lockout, el Madrid. Otra vez. Uno que sigue empeñado en marcar una época. Esta empezó a gestarse precisamente durante los tiempos en los que Ibaka jugó en la capital española. Y, mala noticia para cualquier rival que se precie, no parece tener fin. Se podría decir que el equipo de Pablo Laso genera en el aficionado (y casi que los colores no importan) una sensación similar a la que alienta el buen vino en los paladares más selectos: ese querer, además insaciable y por el que no pasan los años, una copa más. Si se traduce en títulos, mejor, pero de lo que aquí hablamos, en realidad, es de que el espectador no se cansa de este baloncesto dinámico y ofensivo de los blancos. Capaces incluso de hacer bonito un arte a veces tan feo como el de la defensa.

Este grupo, además, se ha especializado en hacer fácil lo difícil. Y, de nuevo, vamos más allá de las Ligas, Copas del Rey, Euroligas y Supercopas varias levantadas. El Madrid de Laso es capaz de ganar a equipos de tanta enjundia como la suya casi sin evidenciar el sudor. Aunque lo haya. El Baskonia de este sábado era de esos conjuntos que desgastan como pocos, desde luego. Y, para más inri, con una de las kryptonitas posibles que anteponer al vigente campeón de Europa: el juego coral.

En Vitoria nada empieza y acaba en Shengelia. Que se lo digan a los nuevos americanos pintones de los azulgranas (Shields y Hilliard) o a un Diop ultramotivado (Tavares obliga, también a Poirier). Por poner algunos casos. ¿Cuál es el problema? Que en el Madrid también hay mucha vida más allá del jugador franquicia. Por mucho que Llull ya haya recuperado las sensaciones y, del todo, esa sonrisa imperecedera que caracteriza a todos los jugones de la canasta habidos y por haber. El himno madridista vanagloria a los veteranos y a los noveles por igual. Y la culpa la tiene gente como Klemen Prepelic.

Empezar a romper una final de aúpa tuvo mucho que ver con la racha de acierto exterior del artillero esloveno. Que se prepare el respetable (no será su última exhibición) y que Carroll no baje la guardia (seguro que no lo hará). No es el único joven con ganas de comerse el mundo de este Madrid. No hay más que ver a Tavares, que sigue empeñado en convertirse en el Monstruo de las Galletas versión jugador de baloncesto. O a Gabriel Deck, apodado ‘Tortuga’ y que amenaza con amargar alguna que otra velada a aquellas liebres que aún no le tomen demasiado en serio allá en el Viejo Continente.

Campazzo empieza a ser algo más talludito, pero la irreverencia juvenil no deja de acompañarle. Bien aderezada por una raza que ni siquiera entiende de torceduras de tobillo. Con maestros como Gustavo Ayón y Felipe Reyes, difícil no sacarse un máster en carácter (¡eh, pero sin plagios que valgan!) cuando uno juega en el Madrid. En definitiva, cuatro años sin levantar la Supercopa eran demasiados para la voracidad que campa a sus anchas en territorio blanco. Y, por suerte o por desgracia, puede que esto sólo sea el principio de otra temporada muy alejada de los términos de las vacas flacas. Ahora se pasan de gordas.

PD: a buen seguro que ni siquiera la barba blanca resultona a lo Gregg Popovich que gasta Laso ahora acallará a los críticos que le perseguirán sin remedio haga lo que haga. El “Laso dimisión” no conoce límites. Como otra cosa que mejor nos ahorramos desvelar…