Artículo de Millán Cámara

Dicen que lo más difícil no es llegar a la cima, sino mantenerse en ella. Para vivir de la mano del éxito sine die, es necesario reunir una serie de cualidades: capacidad de sacrificio, trabajo continuo, inconformismo, ambición, humildad, ganas de mejorar… Sólo así se puede permanecer en la élite, de la vida y en este caso del baloncesto, durante unos cuantos años. Algo nada sencillo, pero que lo parece si uno se fija en equipos como la selección española femenina. Capaz de sobreponerse a su historia pasada, en la que los logros eran excepciones y no multitud, para marcar una época. Y de forma muy oportuna.

Las chicas de Lucas Mondelo no podían haber elegido un momento más idóneo para sobresalir. Desde hace un tiempo, las mujeres no paran de dar alegrías al deporte nacional. Todos quieren ser como Mireia Belmonte, Carolina Marín, Lydia Valentín, Garbiñe Muguruza, Ona Carbonell, Maialen Chourraut, las Guerreras del balonmano o del waterpolo, Ana Peleteiro y un largo etcétera de deportistas de enjundia. Entre todas ellas y las que vendrán, las “bonicas” de la canasta (como diría su capitana, Laia Palau), que si pudieran vivirían subidas a un podio. ¡Con lo que les cuesta bajarse de uno en los últimos años!

Una década atrás, competir era la máxima. Lo de ganar, no quedaba otra, había que dejárselo a las demás. Sin embargo, todo cambió para mejor poco a poco. Las culpables permitieron que hoy hablemos de la mejor generación de nuestra canasta femenina. Desde 2013, van a medalla por campeonato. Y la tradición no podía romperse en el Mundial doméstico de Tenerife. Un marco incomparable para celebrar el tesoro que es ser del mismo país que unas jugadoras ejemplares en la pista y fuera de ella.

Quizá el torneo que nos ocupa no ha sido el más brillante de la era Mondelo. Fácil que una plata olímpica, otra mundial y dos oros europeos eclipsen a este bronce que, aun así, sabe a oro: en casa y con una grada que, otra noticia magnífica, también ha respondido con creces. A nuestras 12 medallistas les dolerá más que a nadie no haber tenido a Estados Unidos enfrente en el último partido del torneo. Pero oigan, tampoco ha estado nada mal tener que ganar a Bélgica para tocar metal. Y más después de la derrota sufrida ante idéntica selección en la primera fase, que no dejó indiferente a nadie, y del brillante desempeño de Meesseman y compañía en tierras canarias.

Esta España sabe luchar contra gigantes. Que se lo digan a Liz Cambage, de lo mejorcito que han visto estos ojos en el baloncesto, a nivel general, últimamente. Una estrella tan sobrada que hasta se pasa de lista, pero capaz de ganar partidos y medallas por sí sola con Australia. Aun así, la máxima anotadora de esta Copa del Mundo bien pudo hincar la rodilla ante la valentía de la anfitriona. Tan audaz como para quedarse a las puertas del duelo por el título a pesar de carecer de pívots en los últimos minutos de la semifinal.

El coraje va implícito en todas y cada una de las portadoras de esta camiseta. Sólo hay que verlas defender. O admirar su empeño por jugar como saben hasta las últimas consecuencias, con una velocidad en ocasiones supersónica. Nos quedamos con las ganas de haber visto a las chicas ante sus omnipotentes homólogas estadounidenses, que han parecido algo más humanas que de costumbre esta última semana. Las dueñas del tinglado frente a las obreras: la lucha de clases hecha partido de baloncesto.

Sabemos que las locales habrían dado la cara. Y, aún más importante, que viven con los pies en el suelo y que disfrutan de su pasión, durante el 99% del tiempo, con una sonrisa. Que lo puede todo contra las lágrimas de impotencia que, a veces, tienen que aflorar: no todo puede ser ganar. La enfermedad no tumba así como así a Laura Nicholls. Ni ahora ni hace casi un año, cuando atendió al que escribe durante el tiempo que fue necesario a pesar de que casi no se tenía en pie.

Por otro lado, Alba Torrens es de esas cracks que te saludan con educación y luego te aniquilan en la cancha. Y Astou Ndour no es la sustituta de nadie: tiene identidad propia (y menuda), como ha demostrado siempre que ha acudido a la llamada de la selección.

Anna Cruz y Marta Xargay son dos animales de perímetro que todos querríamos tener en nuestra plantilla. Laia Palau es el compromiso hecho jugadora, porque anda que no ha llovido desde su debut en 2002. A Laura Gil le sobran las medallas (más que nadie entre las internacionales españolas), pero da el callo como si aún no tuviese ninguna en casa. Queralt Casas y Cristina Ouviña llevaban cinco años sin disputar una gran competición con España, pero han revalorizado a la segunda unidad del equipo. Hasta quienes han contado con menos minutos han tenido voz gracias a una Bea Sánchez inspirada contra las australianas (Silvia Domínguez y Belén Arrojo se lo agradecerán).

Nadie sobra y todas se muestran orgullosas de estar en el proletariado. Es lo que dice la letra de un Vals del obrero de Ska-P que se ha convertido en el himno oficioso de nuestras chicas. Estas trabajadoras de la canasta son la revolución y se niegan a dejar de bailar al son de la misma. Que lo hagan y por mucho tiempo. Bravas.