Derrick Rose firma la mejor actuación de su carrera en la noche que Jimmy Butler se ausentó para forzar un traspaso. 50 puntos y tapón decisivo para superar a los Jazz 128-125.

Parafraseando la película de Matrix, posiblemente Tom Thibodeau le dijera a Derrick Rose hace siete meses que «yo solo puedo mostrarte la puerta, tú eres quien la tiene que atravesar». El veterano entrenador realizó un movimiento cuestionable para un equipo que luchaba por Playoffs, ya que el base de Illinois acumulaba poco más de 200 partidos disputados desde 2012, cuando arrancó su longevo y desgraciado calvario con las lesiones.

Nadie entendía la apuesta por Rose, al que muchos veían un jugador acabado, no por inválido, más bien por la imposibilidad de recuperar el nivel que le hizo tan especial. Ese jugador explosivo, único y determinante que enamoró a la liga desde su llegada en 2008 como número 1 del Draft. Esos cambios de ritmo y penetraciones circenses que podían verse en bucle sin entender cómo lo había hecho. Ese ‘1’ que devolvió la ilusión a Chicago, llevando a los Bulls a unas Finales de Conferencia 13 años después. Era el nuevo ídolo de la ciudad de los vientos. Hasta que se fundieron las luces y empezó su travesía por los quirófanos.

Han pasado 6 años de aquella imagen de Rose tendido en el suelo en primera ronda de Playoffs ante los Sixers. Y esta madrugada, en una de las historias recientes más fascinantes de la NBA, Rose ha firmado el mejor partido de su carrera. 50 puntos (19/31 en tiros de campo, 4/7 en triples), 4 rebotes, 6 asistencias, 2 robos y un tapón decisivo sobre Exum para evitar la prórroga.

Una actuación memorable que rememoró al Rose más genuino, ese que hace del baloncesto un arte rompedor sin precedentes. Tras el encuentro, y en una reacción tan humana como natural, Rose echó a llorar. Liberándose de lo sufrido, expulsando los fantasmas del pasado, redimiéndose ante los que nunca creyeron en él. Se lo merece.

Su actuación…

… y las lágrimas de emoción tras el partido