Al aficionado del Barcelona le cuesta discernir qué es peor, si una nueva humillación ante el eterno rival o que tal tropiezo ya no duela. A ese punto de desafección llega una sección que languidece desde hace años con plantillas mediocres y sin referentes, con apuestas caducas en el banquillo, con una cantera olvidada y unos gestores nefastos. A ello se le une un Palau adormecido, sin espíritu crítico y que celebra con ahínco los esporádicos -e intrascendentes- triunfos brillantes. Quizás ahí radique parte del problema y de la solución. Si los que tienen altavoz lo dejan en mute, ¿qué va a cambiar?

El hilo narrativo en el club es tan conformista -y desproporcionado- que hace unas semanas, tras la victoria contra el Madrid en ACB, desde ciertos rincones se vislumbraba la Final Four. Nada más allá que una alucinación en medio de la interminable travesía por el desierto. ¿Con Smits, Pustovyi y Blazic? ¿Con un Séraphin que cada vez se parece más a Dorsey? ¿Con un Tomic que se empequeñece ante los mejores de Europa? ¿Con un Pesic anclado en otra época baloncestística?

Son tres las derrotas seguidas en Europa -Fenerbahce, Buducnost y Madrid-. Y dos de ellas corroboran la idea de aquellos que son incapaces de sentirse atraídos por este Barça. Ni las victorias en Kaunas, Moscú (Khimki) o Estambul (Darussafaka) les hicieron cambiar de opinión. Es lógico. El hábito no hace al monje. El problema es el listón, bajo mínimos desde 2016 y que exagera lo que debería ser rutina.

Aunque para rutina las humillaciones europeas del Madrid en este último lustro. El Barça ha perdido 7 de los últimos 10 partidos contra los blancos en Euroliga, y con un diferencial de -170 puntos. Algunas de ellas, bochornosas: -39 en el Palau (con Bartzokas), -38 en la F4 de Milán (con Pascual), -27 este jueves (con Pesic) y -12 hace un año (con Sito, llegando a perder por 21 puntos en el 4Q). No es solo un problema de banquillo, es estructural.

El aficionado del Barcelona vive anestesiado, arrastrado por unos sectores de animación permisivos. Ni la indignación aflora, cansada de tantos varapalos. El conformismo se apodera de un público que recuerda con nostalgia el inicio de esta década por la excelencia y la década de los 80-90 por la inconfundible identidad. ¿Y ahora? La desafección más absoluta.

Enséñame a perder, Barça.