Y vuelta al ruedo. Decía Pesic que el primer partido de la final parecía que su equipo se lo había tomado como uno más de la Liga Regular. Uno se quejaba, y otro, Laso, engrandecía la figura de su equipo en una victoria en la que todos aportaron y sacó pecho del gran fondo de armario que maneja.

Con el 1-0 y semejantes precedentes, no se habría podido entender el inicio de este partido sin el Barça saliendo a morder, poniendo el nivel físico a la altura de la camiseta retirada de Fernando Martín, en el techo del Palacio, colapsando las idea del Madrid, incapaz de encontrar un tiro librado. Campazzo y Pangos protagonizaban un duelo de esos que gustan al aficionado medio y de los que reclamaba Pesic, 5-9 mediado el primer acto. Ahí apareció la figura de Heurtel, que cambió el ritmo de los suyos y disparó al Barça hasta el 7-17. Laso lo paró y Svetislav puso en pista a Rolands Smits, más madera, más músculo. Un par de canastas del Madrid paró la sangría y dejó el final del primer cuarto en un buen 11-17.

Bien peinado, como siempre, Heurtel decidió que hoy sí tenía que darle al equipo un poquito de su magia. El galo, al que dicen que pretende el Madrid, quebró una y otra vez la defensa de Laso, 8 puntos seguidos, del 13-19 al 19-27, para dejar claro el tipo de jugador que es. Fatigado, Pesic puso a su antagónico Pangos en pista. Y ahí se vino el bajón. Facundo, de paseo por su casa, jugaba al gato y al ratón con el canadiense, que no veía ni las pipas, parcial de 10-0 merced de dos triples de Jayce Carroll y el equipo de Laso por delante por primera vez en el partido. Pero por si todavía no se han enterado, en esta final juegan a las rachas, pues toma, 0-7 que coronó un triple de Claver, para silenciar al WiZink, y bajar el telón del primer tiempo, 29-34.

Como si de un mal sueño para el Madrid de tratara, Heurtel salió del vestuario con la misma inercia, dominando el partido, anotando una detrás de otra. Con Campazzo fuera de juego, desactivado con 4 faltas personales, el Barça se fue 12 puntos arriba, 39-51. El trío arbitral se convirtió en el enemigo merengue, que no veía más allá de las decisiones de los colegiados, bastante acertados, por cierto. Con cierta venta culé se fue el partido al último cuarto, 41-51.

No daba con la tecla Laso, que movía y movía el banquillo. Felipe a pista, Ayón fuera y a la carga con Tavares. Pero, sobre todo, con Carroll, motor del equipo y sustento anotador merengue, el único a la altura de Heurtel. Dominaba el Barça en un último sprint bronco, sin nada, tratando de controlar con Pangos y Heurtel, muy amarrategui Pesic, y eso le mató.

Le mató porque en Madrid huelen el miedo y ahí son imparables. Con 2 arriba Claver pudo matar el partido desde el tiro libre, pero le tembló la muñeca y encestó uno.

Y ahí llegó el delirio. Llull, en tromba, forzó una falta que los árbitros, justamente, señalaron de dos. Metió el primero y erró el segundo. Rudy cogió el rebote y se fue a una esquina listo y dispuesto a lanzar.

Mientras atrapaba el rebote, Carroll se iba a la otra esquina. Solo.

Rudy se levantó y, en un giro inesperado de los acontecimientos, dobló el balón hacia Carroll.

Y este recogió el testigo. Fintó la primera. Claver salió disparado a la grada. Armó a la segunda. Y la metió. La metió.

Tirado en la lona, Hanga quiso sacar un derechazo que no tocó aro. Final para la historia. El Madrid ganó un partido que seguramente no mereció.

Así es este precioso deporte.