Decía Pep Guardiola que en el proceso siempre hay muchas dudas y que lo único valioso es la convicción de tener una idea. Me animo esta semana a intentar profundizar en la figura de liderazgo que debemos ejercer los entrenadores.

El liderazgo se ve transitando la adversidad, que es donde se ve lo arraigado de nuestras convicciones, principios y valores que elegimos para vivir. Estas adversidades aparecen en todas las relaciones humanas y gestiones de grupo. Los grandes entrenadores, deben hablar poco. Este concepto es de difícil asunción, pues es quitarnos protagonismo para empoderar al jugador y al equipo, ¿estamos dispuestos?

Siempre me consideraré un jugador fracasado. Intenté por todos los medios hacer frente a mis condicionantes físicos, técnicos, tácticos, … para luchar por el anhelo de ser jugador. Por suerte, pronto, me di cuenta de que sería imposible. Como a mí, a muchos entrenadores les gusta sentirse jugadores, y sentir ese cosquilleo que te da el protagonismo y la responsabilidad de ser quienes controlan las decisiones que se dan en pista. Sin embargo, el rol del entrenador está en el oscurantismo. En un rol de protagonista o líder secundario.

Me siento muy orgulloso de los jugadores que he tenido el placer de entrenar. Muy orgulloso de haber podido desempeñar el rol de compañero de viaje de todos ellos. Pese a que el protagonismo del juego reside en nuestros 12 jugadores, el entrenador ha de desempeñar una función de líder, que si es auto-impuesta tendrá un recorrido muy corto, tan corto, como el tiempo en aparecer malos resultados.

Los líderes no podemos querer súbditos o subordinados, sino hacer que el/la jugador se “enamoren” de aquello que proponemos. Para eso, no hay nada mejor que evitar las contradicciones, elegir los valores que regirán nuestra conducta y mantenerlos, sobre todo, en el tránsito por la adversidad.

Hay distintos tipos de liderazgo: autoritarios, democráticos o “de dejar hacer”. Es obvio, que algo indispensable es no engañar al jugador y vender que somos quienes no somos. Porque el jugador, tarda poco en darse cuenta cuándo el entrenador le está engañando.

Enfrentarnos a las adversidades sin pervertirnos, puede ser una de las grandes dificultades y contradicciones a las que, a veces, debemos hacer frente como entrenadores. Sin embargo, tener la capacidad de recomenzar cuando crees que estabas llegando, fortalecerá la identidad de nuestro equipo y, también, nuestro liderazgo.

Un fenómeno que me parece muy interesante es el de la AUTO-GESTIÓN. Formar jugadores capaces de reconocer las necesidades del grupo, de saber motivarse,… Lo difícil, como decía Clint EastWood, no es obedecer lo que te dicen, sino saber qué dirección tomar cuando nadie te obliga a hacer las cosas.

Hace unos años, escribí un artículo para mi blog sobre liderazgo. En él, hablaba de los siguientes pilares como ejes vertebradores de mi función como entrenador, que para mí y mi forma de entender el deporte, siguen más que vigentes:

-Exigencia con uno mismo, sin tener miedo a equivocarnos.

-Inquietud: el baloncesto y sus requerimientos cambian constantemente

-Respeto

-Involucración: no somos entrenadores, somos ENSEÑADORES como decía Cruyff.

-Buscar la sorpresa

-Compartir, huir de la insularidad de la profesión de entrenador

Dejemos la arrogancia de pensar que alguien es mejor sólo por ganar, de que lo único valioso es la victoria. Valoremos el camino. Gastamos nuestro tiempo, que se agota, en algo que nos gusta, ¿qué sentido tendría si sólo valorásemos nuestro valor como entrenadores o equipo en función de victoria o derrota? Las convicciones innegociables y no sustituibles por conveniencias momentáneas es lo que hace del deporte un instrumento generoso para construir una sociedad más justa.

A modo de síntesis, creo fundamental para construir un equipo estas cuatro ideas: conseguir un alto grado de compromiso, comunicar y consensuar los objetivos-metas individuales y colectivas, confiar para recibir confianza y cuantificar-temporalizar para concretar los objetivos.

Como decía Bielsa, no es lo mismo disciplina que respeto. La primera, genera relaciones verticales que duran lo que dura el tránsito por el éxito. El respeto va mucho más allá, y está arraigado con independencia de las circunstancias.