Siempre he creído que el deporte es una gran herramienta para contribuir a la construcción de una sociedad más digna y justa. Sin embargo, ¿realmente es así?, ¿es posible en el alto rendimiento?

Estas son, entre otras, muchas de las preguntas que se me pasan por la cabeza cuando dedico tantas y tantas horas a una pasión como el baloncesto. Si ni siquiera somos capaces de verter algo a la sociedad, ¿es útil la inversión de tiempo que hacemos?, ¿para qué? Siempre he creído en la nobleza de los recursos utilizados por encima del éxito o fracaso, porque al final, el tiempo nos dará la razón. En un mundo gobernado por lo inmediato, por el ego y el exitismo, estamos sometidos a una gran presión por ser los mejores, a costa de lo que sea. Yo no lucho por ser el mejor, sino lo mejor posible. Lo primero, te puede hacer desviar del camino y coger “atajos” con tal de llegar, lo segundo, no. Lo segundo sí que depende únicamente de nuestra actuación, lo primero, no.

Por todo lo anterior, me atrevo a escribir este post sobre la importancia de difundir valores a través del deporte y que éstos no están ligados únicamente al deporte formativo, sino que son intrínseco a lo genuino del deporte: como decía Coubertin, padre de los JJOO, el objetivo no es ganar, sino competir bien. Éste, dejó claro la importancia del honor y el respeto como bases fundamentales del olimpismo.

Nuestra labor como entrenadores no es sólo formar buenos deportistas y competidores, sino buenas personas. Ya lo dijo Iker Casillas en su retirada del Real Madrid cuando a una de las preguntas de los periodistas contestó que quería que lo recordasen como una buena persona.

El deporte, da igual el nivel, es una celebración social. Los objetivos del deporte formativo o de rendimiento, por supuesto, son diferentes…pero en el germen, no deberían serlo.

Siempre he pensado que el deporte por sí mismo no tenía valores, que los valores los fijamos nosotros, en cada entorno, en cada acto o en cada oportunidad que tenemos para decidir entre unos valores u otros. Por eso, mis valores y mi forma de entender el deporte, no tienen por qué coincidir con la de los demás.

En formación, siempre pensaba (y pienso) que ganar está bien, pero que hacer amigos está mucho mejor y que ganar con trampas no es motivo de lo que alegrarse. Como decía Bielsa, quien recorre el Jardín recorriendo el ángulo de 90º llega más tarde, pero no daña la flor.

Entre hermanos, son normales las peleas. El insulto que más utilizamos entre nosotros es decirnos “Eso no lo haría Bielsa”. Quizá un poco exagerado, pero representativo de la idea que tengo del baloncesto. No sólo en formación.

Ahora que tengo la oportunidad de participar en una liga profesional, me doy cuenta del valor que se le da a ganar o perder, sin muchas veces, pararse a pensar en los cómos, los porqués,… Siempre rehusé utilizar frases como “tenemos que ganar”, porque son falsas. Soy un competidor nato. Pienso, leo, escribo, hablo,… baloncesto porque quiero construir una forma de entender este deporte que me acerque a intentar ganar, pero siempre teniendo claro los valores y principios que han regido y rigen mi vida (por respeto a lo que me inculcaron mis padres, entrenadores, profesores o amigos), y que no se cambian en función de victoria o derrota, ya que están arraigados en los más profundo de nuestro ser.

El deporte está lleno de eventualidades, pero no podemos poner el acento únicamente en la victoria, porque en ese caso hasta las reglas serán vistas como obstáculos.

En un abrir y cerrar de ojos, otra temporada habrá acabado, y ¿habrá merecido traicionarse por unas cuantas victorias más? Ojalá no sea así. No me gustan las conversaciones banales, que no hablan en profundidad del deporte y el baloncesto. Nuestro deporte es mucho más que 10 jugadores, enfrentándose por conseguir más puntos que el rival. Siempre se nos ha juzgado, para bien, como un deporte nacido de las escuelas, con lo que eso significa en cuanto a nuestra función educacional y la forma de interpretar el deporte de la canasta.

Los jugadores no eligen ser referentes de los jóvenes, pero lo son. Somos unos privilegiados quienes podemos dedicarnos a nuestra pasión día y noche, ¿cómo no vamos a colaborar en la difusión de valores sociales como la generosidad, solidaridad o el respeto, que son inherentes a cualquier equipo de baloncesto?

Este texto es una reflexión en voz alta a mis quebraderos de cabeza sobre si neutraliza sacrificar tantos buenos momentos con la familia, con amigos, estar lejos de ellos o incluso la salud personal, por una actividad que no ayuda a mejorar nuestra sociedad.

Termino de escribir estas líneas tras la victoria de España en la Copa Davis. Ojalá el deporte se plagase de personalidades como Rafa Nadal o Pau Gasol. Mientras tanto, deberemos seguir luchando sin prisa pero sin pausa, para que el deporte no sea solamente, como decía Juanma Lillo, “un consolador social”.

Artículo de GABO LOAIZA