JUGADOR 1-Oye, ¿por qué a veces tardas tanto en tirar mirando a uno y otro lado o fintando?

JUGADOR 2-Porque me imagino qué hará la defensa y qué tipo de defensor tengo en frente.

Una conversación similar experimenté la semana pasada entre dos de nuestros jugadores. Uno de ellos acaba de terminar su etapa Júnior, y el otro (jugador 2), es un jugador experimentado que ha jugado en varios países.

Siempre he mirado con cautela la importancia del trabajo de visualización o la práctica imaginada en el entrenamiento, quizá, porque nunca lo pude experimentar como jugador y creo que todo es más significativo si se crea ese vínculo emocional que conlleva la vivenciación.

Sin embargo, siempre me llamó la atención y trato de estudiar acerca de ella, y muchas veces la he tratado (y trato) de poner en práctica. Esta pequeña conversación, me hizo volver a repensar en su importancia y en cómo podemos mejorar los procesos de entrenamiento mediante escenarios de aprendizaje que quizá estén alejados de la realidad competitiva.

La práctica imaginada la podemos definir como la creación o recreación de experiencias desde una representación cognitiva. Algunas de las características definitorias de los jugadores expertos son: lectura de juego e inteligencia táctica, polivalencia, uso de la intuición, creatividad entendida como algo único, original y útil o el empleo del sistema visual para extraer información relevante de forma anticipatoria (entre otras muchas). Por todo esto, creo fundamental fomentar el uso de nuevos mecanismos facilitadores de aprendizajes, como puede ser la práctica imaginada o la visualización, que faciliten el grado de conocimiento y comprensión del juego, lo que podría ayudar a formular respuestas eficaces de forma anticipada, o detectar antes los preíndices de comportamientos de compañeros y adversarios.

Decía Sergi Llull que él creció viendo vídeos de jugadores de baloncesto e intentando reproducir los gestos que hacían sus ídolos. Algo en lo que muchos, con menos talento, coincidimos Este uso del vídeo, puede ser un escenario de aprendizaje alejado de la práctica, pero puede ayudar al jugador a mejorar su conocimiento del juego en, por ejemplo, saber cuándo utilizar según qué movimientos y poder llevarlos a cabo en entornos libres, espontáneos y creativos como la calle. Imitar a los ídolos del deporte, utilizando un término acuñado por Jenaro Díaz, nos hace tener JUGADORES ESPEJOS que ayudan a, no sólo a mejorar al jugador, sino a conseguir, en edades tempranas, atraerlo a nuestro juego. Este sería otro ejemplo de escenario de aprendizaje alejado del entrenamiento motriz.

Crear esa conciencia táctica que ayude a comprender el juego requiere de muchas horas de práctica. Complementar esta práctica con el entrenamiento imaginado o mental, también ayudará a recordar diferentes patrones de juego o comprenderlos, además de dar la oportunidad al jugador de entrenar hasta cuando no está entrenando.

Los puntos fuertes de esta idea de práctica imaginada, los resumo a continuación:

  • Mejorar la comprensión de los movimientos
  • Recrear experiencias realistas y operativas
  • Ayudar a la vinculación de estados de ánimo en las experiencias imaginadas: la importancia de las emociones en el entrenamiento deportivo
  • En las etapas iniciales se puede adquirir una visión global de la acción que posteriormente conlleve a su refinamiento
  • Ayudar a la anticipación de situaciones y comportamientos
  • Visualizar acciones relativas a los objetivos a conseguir
  • Estabilizar su habilidad gestual tras visualizar mentalmente un movimiento
  • Ayudar a corregir malos gestos o hábitos
  • Utilizar este entrenamiento en fases de recuperación de lesiones

Uno de los grandes problemas es que la escasa experiencia motriz de los aprendices puede conllevar a una tergiversación de la realidad, lo que conllevaría la representación errónea y un mal ajuste, que dificultaría la modificación del gesto.

En modalidades tan abiertas como el baloncesto, la reproducción mental de imágenes es mucho más inexacta que aquellas donde compites contra ti mismo (sin oposición directa), como en natación o gimnasia, donde la técnica sí es mucho más importante, y las condiciones del entorno no son tan imprevisibles.

Es una de las técnicas psicológicas más utilizadas en el entrenamiento, pues su utilización va más allá de la mejora de destrezas motrices, ya que se utiliza para la mejora de aspectos como el correcto establecimiento de metas o de la concentración y foco atencional, elementos indispensables y de los que nos quejamos muy habitualmente los entrenadores de su ausencia en nuestros entrenamientos.

Existe cierto consenso en su aplicabilidad, sin embargo, no tanto, en qué sentido puede mejorar el rendimiento y, sobre todo, de qué manera llevarla a cabo: en función del tipo de tarea o deporte o del grado de experiencia del deportista. Será necesario, por tanto, el establecimiento de protocolos más individualizados, siendo conscientes de que los profesionales más preparados para implantar estos programas son los psicólogos del deporte.

Los “Papers” científicos que se han publicado, muestran contradicciones entre ellos, lo que nos deja el papel de decidir su aplicabilidad o no a los entrenadores. Yo creo que es un complemento más, nunca sustitutivo, de la experiencia motriz, que ayuda a completar la formación integral del deportista, ayuda a comprender al juego y también puede estar ligada a mejorar el componente motivacional. La metodología no es estanca, está en constante evolución, y los entrenadores debemos aceptar esta realidad, lo que nos haría entender cómo debemos seguir buscando nuevas soluciones que den respuestas a las necesidades del deporte y sociedad actuales.

En definitiva, dotar de diferentes estímulos al proceso de entrenamiento puede ser útil. Esto nunca puede ir en detrimento de que las experiencias más abundantes para el jugador sean motrices (en baloncesto con carácter perceptivo-decisional) y un espejo de lo que pasará en el partido del fin de semana.

Artículo de GABO LOAIZA