Abstraerse del pensamiento único baloncestístico es muy difícil. Por ello, los entrenadores no paramos de tratar de buscar respuestas a situaciones que no nos tienen como protagonistas a nosotros. Me animo a escribir este artículo gracias a una pequeña anécdota que nos pasó esta semana en los entrenamientos.

Habíamos pensado una serie de movimientos, pero no sabíamos cómo acabarlos…Al final, y tras plantear diversas alternativas, pensamos que lo mejor era “ver qué pasaba” Y, en definitiva, pasó lo que muchas veces ocurre: el jugador dio una respuesta-solución al problema que a nosotros no se nos había ocurrido.

No soy tan hipócrita como para pensar que los entrenadores somos un mal necesario. La frase tan manida “los jugadores mejoran a pesar de nosotros”, es un gran eslogan que puede permitirnos abrir los ojos, pero no representa la realidad. De creérmela, no sería entrenador. Creo que somos indispensables como facilitadores o potenciadores del talento deportivo-motriz, pero siendo conscientes de que son a los jugadores a quienes nos debemos y no a nuestro ego como entrenadores.

Empoderar al jugador significa ayudarle a entender el baloncesto. Para ello, tenemos una herramienta poderosísima como son las tareas. Éstas, no podrán reproducir situaciones del juego exactas, pero lo que sí podrán hacer es plantear características del entorno y perceptivas similares a la competición, que permitan al jugador evocar a situaciones vividas con anterioridad para resolver los problemas que se plantean.

Es difícil manejar el equilibrio entre libertad y libertinaje, entre proponer entrenamientos que permitan la creatividad y la práctica sistemática,… Sin embargo, es en la metodología del entrenamiento, donde más se puede “notar” la mano del entrenador, independientemente de la categoría.

El baloncesto al ser un deporte colectivo de interacción necesita dar respuestas de forma continua no sólo a las acciones de los oponentes, sino de los propios compañeros. Por ello, el juego más difícil de enseñar (y de defender) es el, mal llamado, “juego libre”.

Digo mal llamado, ya que es necesario el establecimiento de una serie de “normas”, más o menos abiertas, que permitan la coordinación entre compañeros, por lo que, como dice Aíto, el juego libre no existe. De otro modo, un juego sin normas, podría confundir la libertad y la creatividad con el caos absoluto. Por eso nace el término de TÉCNICA COLECTIVA, no referida a la coordinación neuromuscular para la ejecución de gestos motrices, sino la coordinación entre diferentes para resolver los problemas que se plantean.

En la facultad, uno de mis profesores nos introdujo el término de “metodología del caos organizado”, hablando de cómo deberían ser las clases de educación física. Fue una expresión que sintetiza, en pocas palabras, una metodología del entrenamiento que puede satisfacer las necesidades, expectativas e intereses de los niños del siglo XXI, donde la ausencia de calle, les inhibe de comportamientos espontáneos, libres y creativos.

Como muchas veces digo, el papel lo aguanta casi todo. Lo difícil es dar forma a esta idea en los entrenamientos, para provocar esos aprendizajes significativos. Para ello, es interesante y sencillo la manipulación de variables: espacio, tiempo, normas, número de defensores-atacantes,… que nos permitan exagerar y provocar los comportamientos que queremos que se den, fomentando la intencionalidad de nuestros jugadores.

Todo análisis de las relaciones humanas, y el baloncesto es una expresión de ellas, tiene dosis de azar, de imprevisibilidad. Los entrenadores para mejorar el juego debemos ser conscientes de ello. La experiencia vale más que cualquier corrección que podamos hacer a nuestros jugadores.

En definitiva, y a modo de “normas de comportamiento” de los entrenadores:

  • No podemos sobrecargar de información a los jugadores
  • Amoldar el vocabulario: los entrenadores estamos enamorados de todo nuestro juego… Pero, ¿es el mismo pensamiento el que tienen nuestros jugadores y desde la misma óptica? La comprensión del mensaje es un factor indispensable para que se dé una comunicación bidireccional y eficaz
  • Evitar la monotonía que puede conducir al hastío y aburrimiento: si los jugadores, niños,… pasan tanto tiempo delante de las consolas, ordenadores, tabletas o móviles, quizá debamos replantearnos cómo podemos llevar a cabo el proceso de entrenamiento o transmisión de la información para que les “seduzcamos” con nuestra idea
  • No juzgar en función de victoria o derrota: como decía Bielsa, hay entrenadores que planifican y pierden y entrenadores que improvisan y ganan. Si hablamos de relaciones humanas, y es lo que hace los deportes tan especiales, el componente azaroso es fundamental
  • No caer en dar la responsabilidad al jugador de todo: en palabras de Porfi Fisac: “si hemos cometido tantas pérdidas, ha sido por mi forma de entender el juego, no por el jugador. Yo les pido eso”
  • Involucrar a todos en el proceso
  • Revisar periódicamente el proceso individual y colectivo
  • No crear dependencia al entrenador: el jugador no quiere que vociferemos continuamente, lo que quiere es que lo hagas mejorar.

Entrenadores, si queremos que el baloncesto siga creciendo y tenga perdurabilidad en el tiempo, no caigamos en emociones edulcoradas y exitismo obsceno.

Artículo de Gabo Loaiza