El Unicaja de Málaga asaltó este domingo el Palau Blaugrana con justicia, 95-105, tras una excepcional segunda mitad en la que supo aprovechar los resquicios -o facilidades- que le concedió la defensa del Barcelona. Y eso no quita un ápice de mérito al gran encuentro cajista. Un parcial de 6-24 en seis minutos lo dinamitó todo. Brizuela, Carlos Suárez y Waczynski cambiaron el guión: del 68-62 en el minuto 26 se pasó a un 74-86 (minuto 32) que acabaría siendo insalvable para el cuadro azulgrana.

Ni la fe de un imparable Tomic en la pintura (no tanto desde la línea de tiros libres) ni los triples bien punteados de Delaney y Mirotic permitieron al Barça remontar. El 86-92 (min 37) fue un espejismo. Los de Casimiro aguantaron la presión y sentenciaron desde la línea de personal (27 de 30).

Por primera vez este curso en la Liga Endesa un equipo superaba al Barça en su feudo (en Euroliga lo hizo CSKA hace unos días). Por primera vez este curso (contando la Euroliga también) un equipo le endosaba al menos 100 puntos en casa. En ACB no ocurría desde abril de 2018, el día que Landesberg se disfrazó de Harden para firmar una actuación histórica.

El Barça, que desde hace unas semanas afronta los partidos domésticos con cambios tangibles en sus quintetos y rotaciones (ante Unicaja salió con Oriola y Ribas como titulares), sumó su tercera derrota de la temporada en liga (10-3). Una más que antaño a estas alturas (11-2), una menos que en la 17-18 (9-4) y las mismas que en la 16-17 con Bartzokas en el banquillo. ¿Curioso esto último, verdad?

Sin alarmas, sin defensa

Las derrotas se magnifican en los equipos grandes. Es cierto. Al menos aquí en España, donde la exigencia es altísima y la presión social mucho más influyente que en otros países como Rusia o Alemania. El nuevo formato de Euroliga, cada vez más asimilado por unos clubes y jugadores que reparten sus esfuerzos (aunque nunca vayan a reconocerlo abiertamente), ha aumentado los tropiezos de los grandes, conscientes de que la competición doméstica permite más sustos que la fase regular continental.

Mirando el vaso medio lleno, este primer tramo del curso del Barça es de notable alto. Resultados en mano, difícil de mejorar. Sin contar la Supercopa, son solo 6 derrotas entre ACB y Euroliga (por 20 victorias). El Madrid ha perdido 5, el Khimki 6, el Panathinaikos 6, el CSKA 8, el Maccabi 4 y el Efes 3. Cifras parecidas. Cero alarmas, más aún con los dos bases que debían liderar este proyecto (Heurtel y Pangos) en la enfermería.

Ahora, desde la otra óptica, la del pesimista (muy típico del aficionado culé), el equipo ha perdido en Madrid, Milán y ha sido vapuleado por el CSKA en Euroliga. Tres rivales de primer nivel. Ganó a Efes en Estambul, sí, pero aquel día faltaba Larkin. En ACB, los de Pesic han sucumbido en pistas difíciles como las de Andorra y Zaragoza, y Unicaja le ha demostrado que en los intercambios de golpes no siempre se gana. Esa debería ser la lección a aprender por el Barça. El talento no siempre basta. Bajar al barro, comprendiendo que puede haber desconexiones durante la temporada, es necesario para aspirar a cotas más altas.

Son varios los partidos (Zenit, Valencia, Maccabi o Panathinaikos) en los que el Barça ha doblegado a su rival gracias a minutos y/o parciales prominentes, pero no hay tantos ejemplos en los que el dominio del ritmo fuera incontestable (sin necesidad de marcador abultado).

Sin Claver, Rolands Smits ha asumido su rol y encadena 7 titularidades en Euroliga. Ante Unicaja, el letón no jugó ni un minuto. Llámenle casualidad.