“No pido nada especial a los jugadores. Sólo que hagan lo que saben y sean atrevidos. Sin atrevimiento, no se sacan adelante los partidos importantes.” GUARDIOLA

Una de las parcelas que como entrenador ayudante he de protagonizar es el trabajo de tecnificación de los jugadores. Cuando me iniciaba en los banquillos, siempre me preguntaba cómo podría explicar gestos, acciones o situaciones del juego que nunca he puesto en práctica o que desconozco. Al entrenar niños pequeños, podía sortear estos “obstáculos”, ya que son auténticas esponjas, que mejoran por el mero hecho de ser niños (aunque cuidado con la generación de malos hábitos). Sin embargo, conforme he ido entrenando categorías de mayor edad las exigencias o variedad de las tareas, su aplicabilidad o las correcciones que doy han tenido que ir evolucionando. No queremos jugadores que sepan lo que los entrenadores saben, sino que den nuevas soluciones ante los problemas que demanda la competición.

Siempre he tenido envidia (¿sana?) de aquellos entrenadores que han podido disfrutar como jugadores a gran nivel, ya sea en el semiprofesionalismo o profesionalismo, pues creo que les dota de una gran capacidad de comprender las necesidades de los jugadores que quizá entrenadores sin esa experiencia, no tengamos. El llegar al jugador, el convencerlo, es fundamental en el proceso de entrenamiento… Quizá, los entrenadores que somos “jugadores fracasados” pecamos, a veces, de mirar el baloncesto con un ojo muy analítico, donde todo lo que ocurre está pre-establecido, y la construcción del juego en base a normas cerradas, nos garantizará el triunfo.

Nunca he creído en ello. Puede parecer, que compartimentar el trabajo de los jugadores en dimensiones: técnica, táctica, física, emocional o estratégica, va en contra de esa idea que defiendo de que todo se relaciona y se integra, que el entorno nos influye y nosotros influimos al entorno. Nada más lejos de la realidad. Cuando hablo de entrenamiento de técnica individual, ésta no la descontextualizo de los usos que tendrá en competición, pero sí me focalizaré en aspectos como facilitar que el gesto que queramos trabajar pueda darse el mayor número de veces.

Me empiezo a enamorar de esa concepción en la universidad, ya que, viniendo de un pueblo pequeño del sur de España, sin un currículum como jugador a mis espaldas, pensé que algo debería diferenciarme y debería ayudarme a llegar al jugador, y que esto no podría depender de mi talento como entrenador o jugador. Esta concepción de entrenamiento contextualizado o modelo comprensivo obliga a los entrenadores a dedicar horas y horas delante de una pantalla intentando comprender los contextos en los que se producen las diferentes soluciones a los problemas en el juego. Puede llevarte más o menos horas, pero depende de tu capacidad de sacrificio y no tanto del talento, que, en mi caso, escasea. De ahí, que sea un defensor a ultranza de esta metodología.

Tengo 24 años, soy más joven que muchos de los jugadores que hoy estoy entrenando. La edad es un factor relevante, ya que el jugador puede asociarlo a inexperiencia y ésta a falta de conocimiento. Por tanto, es un primer escollo que los entrenadores jóvenes debemos superar. Soy de los que piensan que este respeto no se gana imponiendo relaciones verticales, donde el jugador esté a un nivel y el entrenador a otro. Creo en el respeto, no en la disciplina. El primero, si se consigue, perdura y es significativo en el tiempo, el segundo únicamente dura lo que dure tu estancia con ese jugador. Este respeto se ganará en el día a día, sobre todo, consiguiendo que el jugador MEJORE y vaya acercándose a sus objetivos.

Estos objetivos son el primer punto de partida en el trabajo de técnica individual. Tan malo es no fijar objetivos, como sobreestimarlos o subestimarlos. Para ello, es fundamental el consenso, entre lo que cree el jugador y lo que los entrenadores pensamos. Este primer punto será básico, pues es el que nos permitirá avanzar y retroceder cuantas veces sea necesario durante la temporada.

Una vez los objetivos están consensuados y fijados, hay que dirimir de qué manera podemos acercarnos a ellos. Ahí, entran en juego las características no sólo del entrenador, sino, por supuesto, de los jugadores. Éstos son seres individuales, con su personalidad, necesidades, experiencias previas, métodos de entrenamiento diferentes, etc. Por tanto, los programas de entrenamiento individualizados que hagamos deben respetar, también, la idiosincrasia del jugador, no sólo nuestro ego como entrenadores.

Un ejemplo, lo encuentro en los tiradores. Hace un tiempo, tuve la suerte de entrenar con Tito Sobrin, éste me decía la importancia de repetir y repetir el tiro a canasta,… yo lo miraba con cara de rechazo, pues no creía en esa repetición sistemática y muchas veces descontextualizada. Pues muy bien, hoy entreno a uno de los mejores tiradores de liga Sueca, ex Leb Oro (Ty Sabin) que necesita, siempre, una rutina de volumen de tiro. Obviamente, yo no me siento del todo cómodo haciendo esas repeticiones, sin embargo, el jugador las necesita.

¿Cómo organizo, por tanto, el trabajo para dar cabida a lo que creo que puede hacerle mejorar, los objetivos consensuados y la forma en la que él cree que llegará?: siguiendo una estrategia del café con leche. Es decir, si el entrenamiento dura 60 minutos, empezar dándole 40-45 minutos de lo que él reclama, y poco a poco ir introduciendo las ideas que yo tengo. Prueba de que está funcionando, es que siempre pregunto el día anterior qué cree que debemos trabajar, y muchas veces dice que le sorprenda… Un  mensaje más que alentador, que refuerza el pensamiento de la necesidad de evitar las imposiciones en el entrenamiento.

Cómo puede trabajar alguien la técnica individual de un jugador profesional, sin antes haber sido jugador de ese nivel y siendo consciente de que éste dispone de muchos más recursos motrices que tú:

  • Uso del vídeo con situaciones que queramos trabajar
  • “Entrenar” el gesto que queremos desarrollar, ya que el mensaje visual puede ser más contundente que el meramente auditivo
  • Proponer métodos de descubrimiento guiado: planteamiento de situaciones en el juego donde se dé el gesto que queremos desarrollar, sin antes decirle qué queremos desarrollar,… Y a partir de ahí modificar la tarea hasta que se manifieste el mayor número de veces el gesto que queríamos optimizar
  • El trabajo por parejas y proponer gestos que uno de los dos domine,… de este modo, también conseguimos la involucración en el proceso de aprendizaje del otro jugador.

Por último, otro aspecto indispensable y que debemos someter a debate son las correcciones. Trato de corregir poco, y sobre todo PROVOCANDO al jugador con situaciones que le hagan ver que cómo ejecuta el gesto técnico no es una solución eficaz para según qué situaciones. Creo que esa idea es mucho más valiosa y útil que meramente corregir vociferando o reproduciendo el gesto. Probablemente de la primera forma el jugador nos crea y nos vayamos ganando más su confianza. En cambio, de la segunda, muy difícilmente logremos cambiar los “Hábitos de serie” que traen algunos.

“La táctica sin técnica individual, no sirve para nada. Debemos aprender a disfrutar de los detalles de técnica individual de los partidos” Aíto García Reneses

Artículo de Gabo Loaiza