Es muy habitual escuchar a los entrenadores hablar de la importancia de saber gestionar grupos, saber hilvanar diferentes inquietudes, personalidades, fortalezas, debilidades, … en torno a un objetivo común. Pese a que considero muy importante la gestión de grupos, sí creo que en muchas ocasiones se nos va de las manos. Al jugador se le convence, también, con argumentos, en nuestro caso, baloncestísticos. Esto, no lo podemos olvidar.

Aunque hago propia una frase que leí hace poco: “menos Coaching y más leer a Sócrates”, creo que este fenómeno ha llegado para quedarse en el deporte, junto con la psicología. Es por esto, que debemos conocer, comprender y tratar de aplicar las herramientas que éstas disciplinas nos ofrecen. El artículo que hoy os escribo es una adaptación de algunas ideas defendidas por Pep Marí (Asignatura “Factores que condicionan el rendimiento en los DDCC (2018). Máster RETAN, INEFC) sobre qué aspectos debemos tener en cuenta los entrenadores desde la perspectiva psicológica en el entrenamiento, y en qué momentos y de qué modo, se manifiestan en la competición. Comprender en qué contextos se pueden producir unas respuestas u otras es determinante en el planteamiento de tareas.

Tolerar la frustración, la ansiedad, regular el nivel de activación, controlar el foco atencional, recuperar la concentración, resiliencia, … son conceptos que manejamos en nuestro día a día, no sólo en el ámbito deportivo. Rafa Nadal es un ejemplo de conocerse a sí mismo y conocer los momentos del juego, para saber sobreponerse a la adversidad y no caer en la tentación de una excesiva relajación en contextos favorables. Es indispensable conocer nuestro nivel óptimo de activación evitando la falta de concentración, pérdida del foco o, en el polo opuesto, nerviosismo, ansiedad, …

Es obvio, y a veces caemos en ese fallo con expresiones como “quien trabaja, consigue sus sueños”, que la dimensión psicológica potencia nuestras posibilidades técnico-tácticas o físicas, pero no provocará la aparición de habilidades de las que carecemos. El efecto psicológico es más visible en igualdad de condiciones.

En cuanto a las necesidades psicológicas implicadas en la competición, Pep Marí hace especial hincapié en conocer los momentos en los que se producen los errores no forzados (ENF). Estos se producen como consecuencia de una falta de ajuste psicológico. Para ello, estructura los momentos en tres fases:

  • Primeros instantes de cada parte
  • Parte central
  • Últimos instantes de cada parte

Si se producen en el primer caso, será necesario revisar los protocolos de activación (calentamiento, charla previa de partido, activación en el entre tiempo,… ) Si se producen en el segundo caso, se debe a que el jugador no tiene capacidad para mantener prolongadamente la concentración. Esto, puede deberse a no disponer de rutinas, una vez toma conciencia de la pérdida de concentración, o a desconocer señales que le indiquen esta pérdida. Por último, si los ENF se producen al final, la dificultad es para tolerar el resultado. En estos instantes, trabajar bajos técnicas de relajación muscular, de respiración y de visualización es de gran ayuda. El control emocional es fundamental para no interferir en su rendimiento durante el juego.

Por último, Pep Marí agrupa en 4 categorías los condicionantes psicológicos del rendimiento:

  1. Poder aprender
  2. Querer aprender-Motivación
  3. Saber aprender
  4. Saber demostrar lo aprendido: utilización de las habilidades en competición.

En la primera categoría, encontramos aspectos como el entorno, que debería ser facilitador. Esto, quiere decir, que huyamos del hooliganismo que está tan de moda en nuestras gradas y la excesiva presión sobre nuestros jóvenes. Es muy difícil llegar, y no podemos convertir el tránsito en un tormento. También, encontramos los aspectos que definen su comportamiento.

La motivación hace referencia a tener claros los objetivos y el camino que habrá que trazar, eligiendo pagar el precio para llegar. Es el compromiso con uno mismo. “No hay que llorar porque se perdió, sino porque se traicionó el compromiso”. La motivación, como dice Juanma Lillo debe ser intrínseca. Debe partir, en primer lugar, de sí mismo. No podemos confundir vociferar en el entrenamiento con alentar a los jugadores. Éstos, también, se motivan aprendiendo.

La tercera categoría engloba aspectos como la atribución de errores, ¿a quién le atribuye sus errores el jugador? ¿busca excusas o soluciones? También, elementos indispensables cómo dónde poner el foco, en qué fijarse, etc. Esto será posibilitador para orientar la concentración del deportista.

Por último, la competición. Evitar la ansiedad, no es aprender a manejarla o a tolerarla. Por lo tanto, el uso de estrategias de evitación no sería aconsejable. Controlarla mediante técnicas de autocontrol, o tolerar la ansiedad significará no darle más importancia de la que merecen. Sin embargo, Pep, habla de una idea con la que coincido plenamiento: DISFRUTAR DE LA ANSIEDAD. La competición nos pone a prueba, nos hace sentir vivos. Es una parte ineludible del deporte y de la vida.

En definitiva, la individualización del entrenamiento también debe tener en cuenta estos patrones psicológicos. A todos los niveles. Planificamos los contenidos técnicos, tácticos o físicos,…Pero, ¿lo hacemos con la dimensión psicológica? Quizá debamos pensar cómo involucrarla más en el entrenamiento, pero de ello depende que las tareas que organicemos satisfagan las necesidades integrales del deportista.

Cada vez son más los deportistas que acuden a especialistas en psicología deportiva, para tolerar la frustración, el fracaso, el miedo al futuro,… Son muchos los ejemplos de juguetes rotos que ha dejado el deporte. Conocer herramientas psicológicas aplicables dentro y fuera de pista es una requisito sine qua non. En definitiva, como decía Nelson Mandela, No es valiente aquel que no tiene miedo, sino aquel que sabe conquistarlo. Disfrutemos del proceso.

Artículo de Gabo Loaiza