“He decidido saltearme la universidad y llevar mi talento a la NBA”. Así, con esa confianza en sí mismo, Kobe Bryant dio inicio a su carrera profesional. Una que se transformó en legendaria y que quedará para siempre en las retinas de aquellos que pudieron disfrutarla. Pero, antes de detenerse en sus hazañas, resulta crucial advertir que Kobe fue mucho más que cinco campeonatos, que dos MVP Finals y que un MVP de temporada regular. Ciertamente fue muchísimo más que dieciocho All-Stars y que una noche de 81 puntos. En esencia, Kobe fue un maestro. Alguien que le enseñó al deporte lo que el deporte debería enseñarles a todo: que de nada sirve lo que haces dentro de una cancha si ello no toca a los demás. Si no transforma a los que te rodean. Si, después de que las luces se apaguen y la pelota deje de picar, nadie se sintió influenciado por tus acciones.

No es algo fácil de entender. De hecho, ni el propio Bryant lo comprendió al principio. Su meta era ser el mejor jugador de todos los tiempos y poco le importaba dejar una marca en el resto de la gente. Era él y el básquet. Él y su legado. Todo lo demás se encontraba en un plano secundario. Pero el tiempo pasa. Y Kobe, una persona extremadamente inteligente, se nutrió de todo lo que vivió en esos veinte años de carrera. Sacó algo de cada triunfo, de cada derrota. Analizó entornos, midió su impacto y, en cierto momento, mientras levantaba trofeos y acrecentaba su fama, dio con una verdad que cambió por completo su mentalidad: las líneas de la cancha te limitan. Acotan tu aporte. Quien no lo entienda, estará condenado a ser olvidado cuando su cuerpo ya no pueda aguantarlo.

Entonces, Bryant pasó a ser más que una superestrella. Se convirtió en un mentor, en un faro para aquellos jóvenes que vendrían luego. Los moldeó. Y no lo hizo sólo a través de su ejemplo en pista. No, Kobe fue más allá de eso: les dio su tiempo, les transmitió su conocimiento y les inculcó su valor por el trabajo duro y por el juego. Los marcó a fuego con aquella verdad que tanto lo había impactado y que jamás volvería a ignorar.

Hoy, la NBA es una mejor liga gracias a él. Y no precisamente por sus incontables logros, sino por reflejar quizás mejor que nadie el mayor poder que tiene el deporte: atravesar la vida de millones y transformarlas para siempre en ese viaje.

 

Descansa en paz, leyenda.