Para construir un equipo campeón hay que seguir un camino. Y disfrutarlo. Ganar es la consecuencia. 

Con la mirada perdida al parqué terminó Pierre Oriola la final de la Supercopa. El nuevo capitán azulgrana transmitía frustración, la misma sensación que corroboraba Hanga en el postpartido: «Ya estamos cansados de perder», admitía el húngaro en Catalunya Ràdio. El Barça, pese a una mejora innegable en apenas unas semanas, sigue sometido a la tiranía del Real Madrid de Pablo Laso.

Ese es uno de los grandes retos (¿el más difícil?) de Sarunas Jasikevicius: revertir la inercia ganadora entre los dos transatlánticos del país.

El primer clásico de la temporada, uno de los más tempraneros (al no haber campeonato de selecciones), fue una oda táctica. No pasará a la historia, ni por vistosidad ni puntuación (normal en plena pretemporada y cargas físicas altas), pero anticipó cómo podrían ser las rivalidades venideras. Ambos entrenadores se habían estudiado minuciosamente, y los cambios/emparejamientos durante el partido bien lo reflejaron. Minimizar virtudes, reducir espacios, castigar errores.

Ejemplos rápidos: Jasikevicius comenzó con Oriola al ‘5’, dejando a Davies en el banquillo, y probando algunos minutos con Smits más Claver en el ‘4’. El objetivo era castigar los movimientos laterales de Tavares, así como alejarlo el máximo de la zona. Y en parte funcionó. Laso volvió a juntar a Deck con Mirotic, que se cargó con dos faltas rápido y no apareció en las posesiones decisivas. Rudy, bendito comodín defensivo, jugó los minutos clave sentando otra cátedra defensiva.

Al final, como explicó aún en caliente el técnico lituano, «estos partidos se deciden por detalles». Y es así. Campazzo anotó una canasta circense (y buscada) pese a la buena defensa azulgrana y Hanga, cuando el carril parecía completamente despejado, se topó con la inteligencia de Rudy, hábil para meter la mano y forzar la pérdida. Fin.

«Sangre para matar el partido»

Hay que acostumbrarse a escuchar con detenimiento (y entre líneas) a Jasikevicius. Si hace unos días, tras la Lliga Catalana, aseguró que «ninguna estrella por buena que sea puede ganar sola», antes de comenzar la segunda parte ante el Madrid el técnico azulgrana espetó lo siguiente: «me falta un poco de sangre para matar el partido».

Puede ser una afirmación más, pero tiene un trasfondo claro. Al Barça le falta mala leche. Hábito de ganar. (Nada tiene que ver esto con la actitud o la rigurosidad defensiva). Seguramente el Madrid no fue superior -ni inferior-, pero hay determinados jugadores que están acostumbrados a lidiar con la presión y tienen el carácter imprescindible para los momentos de no arrugarse.

La rabia de Rudy, con 35 años, celebrando su acción defensiva -una más al historial- decisiva es un fiel reflejo de esa «sangre» a la que se refiere.

Heurtel, ante un nuevo escenario

A sus 31 años, y a un año de terminar su contrato, Thomas Heurtel se encuentra ante un nuevo reto profesional. El francés, líder indiscutible del Barça hasta el verano de 2019 (sus dos MVP en la Copa son buena prueba de ello), tendrá que asumir un nuevo rol con Jasikevicius en el banquillo. Su desafortunada lesión antes del Mundial, unido a las llegadas de Mirotic y Higgins el pasado curso, más sobre todo el fichaje de Calathes este verano, le han relegado de la condición de «líder».

No debe ser fácil convivir con ello, más para un jugador de la talla del francés. Jasikevicius le reclamará disciplina y poner su talento al servicio del equipo. Si no lo hace las pasará canutas. La Supercopa fue un buen ejemplo de ello. Heurtel, pese a salir de inicio, estuvo bastantes minutos en el banquillo (aprovechándolo Bolmaro con mucha actividad atrás) y no anotó hasta los últimos minutos, ya con Calathes en el banco eliminado. Su producción en 19 minutos, insuficientes: una canasta en juego y 0 asistencias.

Con Calathes en pista, Heurtel no tiene balón y ve reducido su potencial. No es su hábitat natural. ¿Tendrá el rol de revulsivo cuando vuelvan Kuric y Higgins como lo era el Chacho en Madrid?

Jasikevicius, una exigencia inalterable

Aún es pronto para extraer conclusiones sobre la influencia de Jasikevicius en el actual Barça, pero en apenas unas semanas de pretemporada ya se aprecian detalles que llevan el sello del lituano. La movilidad en ataque es una, así como la posibilidad de buscar y encontrar tiros liberados para los anotadores (ya escucharon a Abrines tras las semifinales ante Baskonia). La presión en la salida, la asignación de roles (y eso que faltan Higgins y Kuric), lo que desprenden los jugadores en sus declaraciones…

Por si había alguna duda, Jasikevicius mantiene inalterable su exigencia en pista. Que se lo digan a Heurtel, que estuvo muchos minutos sin aparecer tras un error en un ataque del 1Q. O a Bolmaro, sustituido tras girarse mientras recibía una reprimenda del lituano. O a Smits, al que Saras le preguntaba «What, what?» después de agarrar inexplicablemente a Garuba de la camiseta (con la consiguiente antideportiva, claro).

Los aspavientos y miradas fulminantes contrastan con la tranquilidad que transmite en los tiempos muertos, chuleta en mano incluida. Ideas claras, mensajes directos.

Falta mucho camino por recorrer, claro. Y habrá algunos con el cuchillo afilado preparados para lanzarse al cuello cuando toque. Tocará recordar, entonces, que Obradovic tardó 4 temporadas en ganar la Euroliga con el Fenerbahce, los mismos que Laso en Madrid. Esto acaba de empezar. A disfrutar.