El crecimiento de una ciudad olvidada

Kevin Durant no tardó en deslumbrar al planeta baloncesto. Fue seleccionado en segunda posición en el draft de 2007 por los Seattle Supersonics, y su año de rookie demostró un descaro sobre el parqué como aquél que lleva jugando más de una década. Los 20’3 puntos de media por partido en su primera temporada, siendo máximo anotador de su equipo, eran su tarjeta de presentación en la NBA. Algo que sólo Carmelo y LeBron habían sido capaces de hacer con menos de 20 años. Los balones importantes pasaban por sus manos. Él hacía cada tiro determinante. Era algo casi inédito en la NBA. Llegar y dominar el terreno. Había nacido una estrella. Como era de esperar, el Rookie of the Year de ese año llevaba su nombre grabado, y a partir de ese momento su crecimiento fue exponencial. La franquicia se trasladó de Seattle a Oklahoma por un total de 350 millones de dólares.

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Foto: kevindurant.com

Oklahoma, una ciudad al norte de Texas, empezaría a aficionarse a la NBA en muy poco tiempo. Y, por encima de todos, un ídolo: Kevin Durant. El alero se convirtió en todo un estandarte para una ciudad que nunca había destacado por su éxito en competiciones deportivas. Ni fútbol americano, ni béisbol, ni baloncesto… Oklahoma nunca había sido titular en los periódicos por sus logros. Pero Durant iba a capitanear la revolución de una franquicia que iba a ascender como la espuma; y, junto a ella, la ilusión y la afición de miles y miles de habitantes. La fiebre por Durant y por lo que él representaba –un estilo propio, además de una fidelidad extraordinaria a unos colores- destapó una fervor sin precedentes en una urbe con poco más de medio millón de personas. La ciudad no había tenido ninguna franquicia propia en su ciudad jamás; no obstante, en los años 2005, 2006 y 2007, los New Orleans Hornets tuvieron que trasladarse allí para jugar sus partidos en casa debido al huracán Katrina, que azotó el Estado de Luisiana. Con la llegada a Oklahoma y al Chesepake Arena, el crecimiento de los resultados de la franquicia no tardó en llegar. En la primera temporada de los Thunder -la 2008/2009- ni siquiera se logró alcanzar el playoff; en la siguiente perdieron en la primera ronda, y en la 2010/2011 fueron la gran sorpresa al disputar la Final de la Conferencia Oeste. Durant y Russell Westbrook empezaban a configurar una de las parejas más letales de todo el país, pero el ‘35’ más famoso de la NBA también era un genio por sus acciones fuera de la pista.

«Ser amable no es signo de debilidad.»

Conocido por su cariñoso trato con los miembros del staff de los Thunder, Durant fue nombrado en el 2013 “mejor tío de la NBA” por la marca Foot Locker. Y quizá lo sea. En el mismo año, donó 1 millón de dólares a la Cruz Roja. En sus propias palabras, “ser amable no es signo de debilidad”. Durante las Finales del año 2012, el periodista Bill Simmons escribió en el portal Grantland una reflexión. Defendía que, a excepción de Portland, ninguna franquicia significaba tanto para una ciudad como los Thunder. Estábamos hablando de algo más allá de tener a la afición más ruidosa. En el Game 1 de esas Finales, recuerda cómo el pabellón ya estaba lleno 45 minutos antes del salto inicial. Todos se pusieron a animar incluso en el calentamiento y Simmons le comentó a un compañero que sería imposible que mantuvieran ese ritmo 3 horas. Que iban a quemarse de tanto animar. Error. Lo que aún arden son las orejas de Simmons. Pues toda esa devoción lleva el nombre de Kevin Durant. Un crack dentro y fuera de la pista.

Ivan García (@Ivan_Hoops)