Sus inicios

Superando las adversidades hasta alcanzar la gloria. Así se podría definir la vida del que hoy es uno de los mejores jugadores de la liga. Nacido en un barrio obrero de Washington D.C, Kevin Durant y su familia tuvieron que buscarse la vida tras ser abandonados por su padre cuando el jugador tenía tan sólo un año. Wanda, su gran referencia en el mundo junto a su abuela, tuvo que trabajar día y noche para sacar adelante a Kevin y sus tres hermanos, mudándose de casa en casa e incluso llegando a cargar cajas de correo por la noche mientras que compaginaba su trabajo diario. Una infancia difícil que sin embargo tuvo en el baloncesto el mayor refugio para el hoy alero de los Warriors. Y todo gracias a un nombre clave, Charles «Big Chuck» Craig. El que a la postre ha sido sin duda alguna el padre que Durant nunca tuvo, vio de forma incontestable el futuro de un jugador nacido para ser leyenda. Se conocieron a la llegada de Kevin al Seat Pleasant Recreational Center en Maryland, y desde ese momento Craig le acogió sin ninguna intención más que ayudar a un niño que por desgracia había podido disfrutar de muy pocas cosas durante el transcurso de su vida. Big Chuck se convirtió en su entrenador personal, formándolo en los aspectos tácticos del basket, pero también a nivel físico con trabajo de gimnasio. Su relación no cesó de mejorar ni un solo instante, hasta el punto de mostrarse inseparables y acoger a Durant en su casa las noches que Wanda tenía que abandonar el lugar debido a su duro trabajo.

«Eran días donde pasaba todo el tiempo con Big Chuck.»

Pero la influencia de su mentor iba mucho más allá, incluso cuando su padre volvió a los 12 años para volver a abandonarlos por sus constantes problemas con drogas y con la justicia. Si Durant necesitaba dinero o comida, ahí estaba Chuck, si necesitaba alojo, ahí estaba Chuck, si quería ver una peli, Chuck no dudaba ni un segundo en acompañarle. Y es que si por algo se caracterizaba la relación entre ambos era por algo que iba mucho más allá del baloncesto: la amistad. Craig era un tutor perfecto, no solo para KD, sino para todos los chavales del barrio que buscaban en el baloncesto un cambio de vida, aunque solo fuese durante los 40 minutos de la pachanga o la hora de entrenamientos. Charles Craig hacía una cosa como nadie, generar ilusión cuando menos se tenía.

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Foto: Nike.com

A pesar de seguir creciendo a nivel deportivo, Durant nunca olvidó a Craig pasase lo que pasase. Sus primeros equipos fueron en la Amateur Athletic Union, donde se encontró con los que serían en un futuro no tan lejano compañeros de batalla en la NBA. Nombres como el propio Michael Beasley, Greivis Vasquez o Ty Lawson fueron compañeros de un Durant que sin embargo destacaba de forma abrumadora cada vez que pisaba una cancha de baloncesto. Pesos pesados como Oak Hill Academy y National Christian Academy dieron el paso definitivo a jugar en Montrose Christian School durante su año senior. Fue precisamente ese el año que lo cambió todo. Ya conocido en el panorama nacional por ser uno de los prospects más interesantes de la nación tras lograr varios campeonatos nacionales con sus dos equipos anteriores, el mundo se vino abajo para KD. Allá por 2005, un altercado entre dos jóvenes terminaba como casi siempre, con Big Chuck metiéndose para apaciguar las aguas. Pero esa ocasión fue diferente. Se produjo un tiroteo, y Craig se vio envuelto en todo el tumulto, recibiendo mútiples disparos en la zona superior de su cuerpo. Murió en el acto. El mundo dio un vuelco para Durant, que al enterarse de la noticia no pudo más que empaparse en un baño de lágrimas y preguntarse el motivo por el cual su gran mentor y padre, que se suponía tenía que acompañarle en su futuro universitario, se despedía sin poder decirle ni adiós.

El fallecimiento de Chuck es por tanto la gran explicación del número de su camiseta. Desde ese preciso momento, y desde su llegada a Montrose, Durant rememora a diario los 35 años con los que Big Chuck falleció en ese trágico accidente. Pero la vida continuó para KD. Su último año en High School catapultó a KD como el segundo mejor proyecto de jugador del país, solo por detrás de un Greg Oden que ya conocemos cómo terminó su futuro. Justo antes de empezar esa temporada se comprometió con la universidad de Texas para la que iba a ser su única temporada en el baloncesto colegial antes de alcanzar el barco que él y su íntimo amigo Michael Beasley llevaban soñando tomar desde su época en la AAU. Lideró a Montrose a un espectacular récord de 25-2, ganando el jugador del año y siendo seleccionado para el prestigioso McDonald’s All American, donde a la postre también se llevaría el título de MVP.

Desde el fallecimiento de su mentor, Durant le recuerda con el 35 en su camiseta, la edad que tenía cuando fue disparado.

Su temporada colegial era el siguiente paso en su ascenso a la cima. Aterrizando en un programa mítico con un recruiting excepcional esa temporada (D.J Augustin y Damion James llegaron a la NBA), Durant fue sin duda el nombre propio de la NCAA esa temporada. A las órdenes de Rick Barnes sacó posiblemente el mejor potencial anotador de su carrera, alcanzado unos espeluznantes promedios de 25,8 puntos por encuentro y 11 rebotes. Su liderazgo sin embargo no valió para dominar la Big 12, pues quedaron terceros en la conferencia con un récord de 12-4, mientras que en el torneo se quedaron a las puertas tras caer en la finalísima frente a los Jayhawks de Bill Self, que contaban por entonces con Mario Chalmers y Julian Wright. Su dominio fue tan aplastante, que a pesar de caer sorpresivamente en el torneo final en segunda ronda frente a Southern California, el stock de Durant no bajó ni un ápice desde ahí hasta el ansiado Draft. Se llevó todos los premios individuales por repartir, incluídos el AP Player of the Year, el Wooden Award, el Big 12 Player y el Freshman of the year, logrando por primera vez en la historia que el mejor jugador del año fuese un chico de primer año.

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Foto: USA TODAY Sports

De los 35 partidos de la temporada, Durant tan solo se quedó por debajo de los 20 puntos en anotación en cinco de ellos, superando además los 30 en diez de ellos. Unos números estratosféricos que lo colocaron como el mejor anotador del país y una figura de sobra preparada para alcanzar la gloria en la mejor liga del mundo. Mención especial a sus 37 puntos frente a Oklahoma State en una triple prórroga el 16 de enero, una de las mejores exhibiciones individuales de las últimas dos décadas en NCAA pero que sin embargo no pudo terminar en victoria..

Ese momento fue la primera vez donde Durant se quedó sin saborear las mieles de la victoria por causas ajenas a él mismo. Este hecho no le haría perder ni un solo ápice de su genética ganadora, pero en un futuro esa sensación sí terminaría por repetirse como todos ya sabemos. Pese a ello la ética de trabajo de Durant no cambió ni un segundo. Compañero ejemplar en el vestuario y líder fuera de él, la NCAA fue un etapa que KD35 recuerda con ilusión cada vez que es preguntado por ella, y que terminó por desatar la aparición de uno de los mejores anotadores puros que ha dado la historia.

Wanda Pratt, el centro de su vida

No hay en el mundo una persona más importante para Durant que su madre Wanda. Ejemplo de superación, la madre de Kevin ha sido la que le ha enseñado todo en la vida, desde los valores hasta el autocontrol de la fama. En un artículo que escribió el propio Durant en Guideposts, el ahora alero de los Warriors mostró en tres sencillas enseñanzas todo lo que su madre supone para él: la motivación para alcanzar las metas, el no renunciar nunca a ese sueño y la necesidad de soñar con alcanzar siempre ese objetivo. Y no es solo en lo personal. Wanda es desde hace años el alma del Chesepeake Arena. Incapaz de perderse un partido salvo por causa mayor, Pratt era la aficionada número 1 a los Thunder. Y es que los comienzos no fueron nada fáciles. Wanda trabajó día y noche para recompensar a sus hijos con estudios, a la vez que motivaba a Kevin y a su hermano Tony a jugar al baloncesto y mantenerse lo más lejos posible de unas calles que la mayoría de las veces solo traían tragedia y tristeza. Todo ello mientras Durant se veía superado por la presión y amenazaba con abandonar el baloncesto, no una, sino en múltiples ocasiones. Pero ahí estaba Wanda para seguir su proceso de enseñanza y hacer de Durant la leyenda en la que se está convirtiendo.

Tanto logró Wanda durante la infancia de Durant que el propio jugador decidió dedicar su discurso de MVP a su propia madre, a la que denominó The real MVP entre palpables lágrimas de emoción. Y es que es ella la responsable de que su pequeño Kevin se haya convertido en lo que es ahora, y esa imagen de felicidad y satisfacción que esboza Wanda cada vez que ve a su hijo en la cancha es una de las grandes cosas que tiene el deporte, ver los sueños cumplidos.

https://www.youtube.com/watch?v=iIGvYLLa4T0

 

Bastian García (@dostiroslibres)